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..::: La metáfora como instrumento cognitivo ( Diego Parente )
Una crítica de la concepción experiencialista de G. Lakoff y M. Johnson
 
 

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Introducción

Hablar acerca de la metáfora es, en cierto modo, referirse a la historia de una maldición. Es tratar de hilvanar un relato acerca de un estigma, un demonio infatigable dentro de la escena filosófica occidental que, la mayor parte de las veces, funcionó como obstáculo para cualquier teoría interesada en suscribir una racionalidad pura.
La metáfora es extravagante, incluso -podríamos pensar- quizá sea la extravagancia del lenguaje. Es, muchas veces, una transgresión categorial, una violación de las máximas conversacionales, un cierto tipo de desplazamiento conceptual (tal como lo indica el mismo término griego Metaf.....). En este sentido, hay algo de cierto en lo que observa el retórico Michel Le Guern: "el lenguaje de todo hombre pretende ser razonable; la metáfora no lo es". Pero es precisamente esta dificultad para ser racionalizada la que la convierte en un tópico complejo en cuanto a su estatuto y valor gnoseológicos, y en un fenómeno muy significativo para la indagación filosófica.
Cada vez que nos sumergimos en la reflexión acerca del lenguaje (sea de su esencia, su uso, sus contradicciones) nos enfrentamos, de manera inevitable, con el problema de la metáfora. Reflexionar sobre ella, tornarla objeto de indagación, significa ocuparse de un problema filosófico, alguna vez ubicado en la periferia de esta disciplina. Una interrogación tal requiere apelar a una extensa tradición teórica que nos remonta prácticamente al comienzo de la filosofía en Grecia. Pero, por otra parte, también es necesario reconocer las direcciones de estudio que en los últimos veinte años han puesto a dicho tema bajo una luz completamente diferente, generando de esta manera nuevas dudas, posiciones y debates.

1. Dimensión histórica del problema

Hablar sobre la metáfora implica, también, entrar en contacto con investigaciones de distintas disciplinas y estudios de distintas épocas, cuya homogeneidad es -si existente- muy difícil de demostrar. La tematización del lenguaje figurativo (y, específicamente, de la metáfora) es una cuestión cuyo origen puede remontarse hasta los escritos de Platón y Aristóteles, si bien se trató de un asunto filosófico "periférico" en la medida en que no se la visualizó como un problema aislado y claramente diferenciable. En primer lugar, Platón fue quizá uno de los más apasionados detractores del lenguaje figurativo, al mismo tiempo que uno de los más prolíficos usuarios de recursos "literarios". El sueño platónico de desterrar a los poetas estaba basado en la idea de que lo figurativo, en tanto se encuentra vinculado con la práctica del poeta, no favorece en absoluto la búsqueda de la verdad y, en tal sentido, es ilusorio e inútil. De este modo, en nombre de la verdad, Platón traslada la metáfora, junto con los otros instrumentos poéticos, a la "periferia" de la práctica filosófica.
El advenimiento de Aristóteles traerá una nueva riqueza conceptual al problema. En su Peética, además de delimitar el concepto de metáfora (como transferencia del nombre de una cosa a otra) y sus diversas clases, no desdeña la práctica poética, por el contrario, la valora positivamente, en la medida en que le atribuye una función de purificación y expurgación de los excesos de las pasiones. Pero la novedad crucial aquí es que con Aristóteles se origina de manera explícita, en el campo de la reflexión sobre el lenguaje, la oposición entre lo propio y lo transpuesto (en esta última clase se encuentran los sentidos indirectos o tropos.
Los continuadores más inmediatos de Aristóteles (Cicerón, Quintiliano, Dionisio de Halicarnaso) no se alejaron de los términos planteados por el Estagirita. A partir de ellos, la noción de figura del lenguaje comenzará a desempeñar un papel cada vez más importante. En términos generales, para la tradición retórica que va desde Quintiliano a Fontanier, la figura es algo subordinado, superpuesto, ornamental; es un desvío respecto de la norma. Gradualmente, la valoración positiva que Aristóteles había hecho sobre la metáfora se va disolviendo para acercarse a una posición más proclive al platonismo, es decir, a la desestimación de las relaciones entre metáfora y conocimiento. La metáfora, se suponía platónicamente, no jugaba un papel importante en la actividad cognoscitiva humana. En la medida en que las figuras eran reemplazables por enunciados literales sin pérdida de significado, se consideraba que su presencia no era imprescindible. Esta concepción alcanza, inclusive, a la retórica del siglo XVIII, la retórica agonizante, la cual se funda en la creencia en un cierto "fondo de pensamiento" que puede ser expresado tanto de manera directa (literal) como de manera indirecta (por medio de una figura).
Si bien durante el siglo XIX, Gianbattista Vico y Friedrich Nietzsche ya habían otorgado a la metáfora una centralidad cognitiva, al igual que Ivor Richards y Max Black en este siglo, la constitución de un campo específico de estudio sobre sus aspectos conceptuales surge explícitamente a finales de 1970, a partir de la publicación de un artículo de Michael Reddy titulado "The Conduit Metaphor". El posterior desarrollo de esta nueva teoría de la metáfora tomó de Reddy el carácter conceptual y convencional de la metáfora, así como su ubicación dentro del sistema ordinario del pensamiento. Reddy arriesgó la tesis de que el lenguaje inglés cotidiano era enormemente metafórico, abandonando la idea tradicional según la cual la metáfora se ubicaba primariamente en el discurso artístico-poético.
Situados en la convergencia entre estudios cognitivos sobre el lenguaje y filosofía, George Lakoff y Mark Johnson partieron de la propuesta de Reddy y buscaron una manera más sistemática de analizar los esquemas metafóricos que subyacen al pensamiento cotidiano. En Metaphors We Live By (1980), su obra fundacional, sostienen la tesis de que "nuestro sistema conceptual ordinario, en términos del cual pensamos y actuamos, es fundamentalmente de naturaleza metafórica", y que dichos conceptos metafóricos estructuran nuestras percepciones y conductas. Este punto de vista -que dichos autores denominaron experiencialismo- considera que lo esencial de la metáfora es que nos permite comprender un dominio de la experiencia a partir de otro dominio. Indudablemente, una tesis como ésta involucra algo más que un cierto descubrimiento en la esfera de la lingüística: se trata de una afirmación que desafía la imagen tradicional según la cual la metáfora es un componente desviado, ornamental, y periférico al pensamiento humano. Atañe, en suma, a la misma filosofía del lenguaje.
Contradiciendo la tesis de Umberto Eco según la cual la historia de la metáfora no es más que una suerte de nota al pie al pensamiento de Aristóteles, durante los últimos quince años se ha producido un progresivo incremento en las investigaciones sobre la metáfora, no sólo en la cantidad sino en la heterogeneidad de los puntos de vista (desde teorías formales dentro de las ciencias de la computación hasta la Nueva Retórica de la escuela de Praga), estudios que modifican de manera sustancia lo planteado por el modelo aristotélico. Concretamente, al abrir el campo teórico de la "metáfora conceptual", al indagar el lenguaje cotidiano de los hablantes y la forma en que las metáforas determinan su visión del mundo, Lakoff y Johnson han iniciado un giro fundamental sobre la noción clásica de metáfora.

2. ¿De qué hablamos cuando hablamos de metáfora?

Hace casi setenta años, Ernst Cassirer realizó una importante distinción entre dos sentidos fundamentales de metáfora. En un primer nivel, se refirió a ella en tanto que transposición lingüística. Los conceptos entre los cuales la metáfora oscila "poseen significados fijos e independientes, y entre ambos, considerados como puntos estables de partida y llegada (...) se produce el proceso conceptual, que causa la traslación de uno a otro y por medio del cual una expresión queda semánticamente preparada para sustituir a otra". Esta traslación debe diferenciarse de un sentido más "radical" u originario, representado en el hecho de que "la más primitiva expresión verbal exigía ya la transmutación de cierta experiencia cognoscitiva o emotiva en sonidos (es decir: en un medio que era ajeno y quizá divergente de tal experiencia)". Debe destacarse, de todos modos, que Cassirer no es el primer autor en notar esta naturaleza metafórica del vínculo experiencia-lenguaje: dicho rasgo ya había sido esbozado, en realidad, por Friedrich Nietzsche en el marco de su crítica de la idea de conocimiento objetivo. Creemos que la anterior distinción conceptual resulta de gran importancia a fin de tratar adecuadamente el tema, intentando evitar que se produzcan confusiones entre los dos niveles mencionados.
Por otra parte, en la medida en que nuestro objeto se encuentra relacionado de distintas maneras con otros tropos, será necesario brindar aquí una breve aclaración conceptual sobre ellos. Concretamente, la metáfora es generalmente agrupada entre las figuras verbales o tropos, expresiones caracterizadas por promover un cambio de sentido. Entre ellas podemos señalar a la metonimia, la sinécdoque y el símil. Consideremos las siguientes expresiones:

Caso [1] En Argentina, la fuga de cerebros es cada vez mayor (la parte por el todo)
Caso [2] Tengo que arreglar el auto (el todo por la parte)
Caso [3] Está leyendo a Séneca (el efecto por la causa)
Caso [4] Nos hace falta un techo
Caso [5] Dános el pan de cada día
Caso [6] Soy un ojo (G. Flaubert)
Caso [7] Soy como un ojo
Caso [8] El cerebro es a la mente lo que el hardware de una computadora a sus programas o software.
Caso [9] Las impresiones sensoriales son con respecto a la mente lo que las marcas a una tablilla de cera.

Pensemos, en primer lugar, a la metonimia (véanse algunas de sus variantes en los casos [1], [2] y [3]). En [1], es posible notar que se hace referencia a la fuga de personas -intelectualmente brillantes- por medio de la alusión a una parte de ellas -el cerebro-. En términos generales, la metonimia funciona en la vida cotidiana remarcando a una entidad relevante (más visible, conocida y estable) para referirse a otra menos saliente. Sus combinaciones, como es sabido, incluyen a el todo por la parte, la parte por el todo, el efecto por la causa, entre otras posibles.
El estatuto de la sinécdoque ha sido objeto de arduas discusiones. Algunos estudios la han situado dentro de la metonimia, como uno de sus casos. Otros, como el retórico Heinrich Lausberg, le otorga un espacio independiente y la divide en dos tipos: una sinécdoque de lo amplio (en la que lo más reducido es expresado por lo más amplio: por ejemplo, la especie por el género), y una sinécdoque de lo reducido (en la que lo más amplio es expresado por lo más reducido: los casos [4] y [5] pertenecen a esta última clase). El desplazamiento producido en los enunciados [4] y [5] es de carácter interno, en la medida en que no escapan del campo semántico desplegado alrededor de "vivienda" y "alimento".
La comparación o símil -ejemplificada en [7]- consiste en la "comunidad de una propiedad entre varias cosas", lograda por intermedio del nexo "como" o de uno de sus reemplazantes. Su tarea es acercar diversos objetos para evocar mejor a uno de ellos. Los ejemplos [8] y [9] corresponderían, por su parte, a aquellas expresiones que Aristóteles clasificó como metáforas por analogía.
En último término, el caso [6] constituye, por supuesto, una expresión metafórica (de un cierto tipo, tal como se demostrará en los últimos capítulos). Es sabido que las definiciones acerca de la naturaleza de la metáfora superan largamente la centena. Si bien serán expuestas varias de ellas a lo largo de este trabajo, partiremos -teniendo en cuenta su posibilidad de ser modificada- de la noción propuesta por Tzvetan Todorov y Oswald Ducrot en su Diccionario enciclopédico de las ciencias del lenguaje, a saber, "empleo de una palabra en un sentido parecido, y sin embargo diferente del sentido habitual". Creemos que dicha definición conceptual, si bien no del todo precisa, permitirá razonar sobre el fenómeno de mejor manera que si se lo intentara hacer a partir de una especificación más técnica, formal o algorítmica.

3. Algunas precisiones sobre la problemática

3.1. Investigar la metáfora

Es destacable el hecho de que la investigación actual sobre la metáfora (llevada adelante, principalmente, por la filosofía del lenguaje, la lingüística cognitiva, los estudios cognitivos y la nueva retórica) está signada por una profunda heterogeneidad de enfoques. Es posible notar que, frecuentemente, los diversos autores no responden a una única pregunta común y conciliadora. Es así que muchas de las controversias entre teorías resultan ser, en realidad, diferencias en el tipo de preguntas que se intenta responder, o de las clases de fenómeno que se pretende estudiar.
En lo concerniente a los objetos de investigación, la heterogeneidad es manifiesta: es posible hallar estudios relativos a metáforas de lenguaje cotidiano, a metáforas conceptuales, o bien a metáforas poéticas. En cuanto a la diversidad de las preguntas, podría decirse que -desde Aristóteles en adelante- investigar la metáfora ha significado interrogarse acerca de alguna de las siguientes cosas:

[a] su naturaleza y función (¿Qué es una metáfora? ¿Qué papel cumple en el lenguaje o cómo opera?)
[b] el proceso de comprensión correspondiente (¿Cómo son producidas, reconocidas e interpretadas las metáforas?)

Esta diferenciación resulta interesante en la medida en que tiende a evitar malentendidos acerca del alcance de ciertas hipótesis. La retórica clásica y la racionalista, por ejemplo, se preocupan casi exclusivamente de la cuestión relativa a la naturaleza de la metáfora; su finalidad principal consiste en distinguir el conjunto de los procedimientos "figurados" -si bien no es posible negar que se deslizan de manera implícita algunas ideas sobre la función que ella cumple en el todo del lenguaje humano-. En términos generales, la pregunta formulada desde los estudios cognitivos y la lingüística cognitiva está relacionada con la función de lo metafórico. La pregunta [b], por último, ha sido generalmente objeto de la filosofía del lenguaje anglosajona y de los estudios lingüísticos sobre pragmática.

3.2. ¿En qué sentido la metáfora es un problema filosófico?

En La relatividad ontológica, Willard Quine sostuvo la desafiante tesis de que la actividad filosófica se distingue de las disciplinas científicas sólo por un mayor grado de generalidad en su discurso. Pero aquello sobre lo cual Quine no llegó a preguntarse es qué sucede cuando, en el interior de las diversas ciencias, comienzan a trazarse planteos de un alto grado de generalidad, si se quiere, una generalidad "filosófica". Esta es, en cierta medida, la situación que se presenta en trabajos como los de Lakoff y Johnson. Ellos ponen en juego un interrogante que es, en definitiva, filosófico; sin embargo, lo hacen desde los bordes o márgenes de la filosofía. De acuerdo con lo observado por Eduardo Rabossi -quien reflexiona sobre el notable desarrollo alcanzado por la filosofía de la mente en los últimos años- en los niveles más elevados de disciplinas tales como biología, lingüística y ciencia cognitiva "suelen surgir problemas y/o formularse hipótesis de indudable raigambre filosófica". Es así que la tesis según la cual nuestro sistema conceptual es mayormente metafórico pone en escena, inevitablemente, ciertos interrogantes o cuestiones históricamente asociados a la teoría del conocimiento y la filosofía del lenguaje: la relación entre lenguaje y experiencia, la conexión entre sistema conceptual y cultura, la posibilidad misma de un lenguaje descriptivo completamente literal, por mencionar solamente algunos.
Creemos que no es posible realizar una búsqueda adecuada del estatuto filosófico de lo metafórico sin recurrir a los estudios cognitivos y otras disciplinas relacionadas (lingüística, semiología), en la medida en que la metáfora se nos presenta como algo más que una "figura" del lenguaje analizable en términos puramente retóricos.

3.3. ¿Qué tipo de teoría es una teoría sobre la metáfora?

Otro argumento a favor de la idea de que el tema de la metáfora concierne al filósofo es que ella no representa un asunto meramente fáctico. Aunque Lakoff y Johnson (y las teorías cognitivas en términos generales) enfaticen las bases empíricas que sustentan su tesis, se debe remarcar que las hipótesis que conforman toda teoría de la metáfora no constituyen estrictamente enunciados fácticos, sino interpretaciones críticas acerca de lo que se debe buscar en las metáforas, argumentaciones que señalan cómo y qué mirar en ellas. Cuando nos encontramos en la convergencia de dos o más teorías heterogéneas sería adecuado proceder, no verificándolas contra los hechos (procedimiento, por otro lado, virtualmente imposible), sino más bien realizando las interpretaciones y comparando los resultados. En este sentido, hablar sobre la metáfora es una tarea que sólo se puede realizar desde un metalenguaje, o más bien, desde un "meta-metalenguaje", en el sentido de que el objeto de nuestro análisis es, por definición, un lenguaje de segundo orden, una forma desplazada de expresión.
En esta instancia debe aclararse que, si bien no se pretende abordar a la metáfora como un problema exclusivo de lenguaje, sí se debe aceptar que se trata de un objeto de estudio cuyo análisis se realiza a partir de evidencias de tipo lingüístico. Pero sostener que la investigación sobre la metáfora puede llevarse a cabo a partir de "rastros" lingüísticos es muy diferente a sostener que la metáfora es exclusivamente un asunto de lenguaje (retórico, si se quiere), y no debe ser tomado en cuenta como objeto de discusión filosófica.

4. Sobre las limitaciones y objetivos de este estudio

Es necesario señalar una última aclaración metodológica. El hecho de que el presente trabajo se centre, en su mayor parte, en un lenguaje metafórico-objeto no debe confundirse con una desestimación de la potencialidad práctica (o, más específicamente, pragmática) de los enunciados. A menos que se señale lo contrario, cuando en el marco de este trabajo digamos, por ejemplo, que "El gato está sobre el felpudo" es un enunciado literal (de hecho, constituye quizá el caso paradigmático de esta clase de oraciones), debe comprenderse que estamos imaginándolo inserto en una situación de habla ideal. Esto es, suponemos que no está siendo usado de manera figurativa, o bien que no da a entender lo contrario de lo que se enuncia -tal como sucede en los casos de ironía-.
Por otra parte, este trabajo no es una investigación retórica, en el sentido de que no se ocupa de analizar todos los tipos posibles de metáfora ni se limita a ejemplos poéticos (es decir, aquel tipo de expresiones que podemos hallar en un libro de poemas, una novela o una obra de teatro). Tampoco es un estudio de carácter lingüístico, en cuanto no apela a una metodología predeterminada de trabajo de campo ni a una enumeración exhaustiva de ejemplos lingüísticos. Su motivación principal concierne, en realidad, a los aspectos filosóficos de lo metafórico, aquellos relacionados con su estatuto y capacidad cognitivos, esto es, con su lugar en los procesos humanos de conocimiento.
Si bien el marco conceptual desde el cual se articula este trabajo se encuentra conformado -en gran parte- por los planteos y nociones del experiencialismo, el objetivo general de este trabajo consiste en realizar una crítica de algunos de sus elementos y reformularlos a fin de obtener una comprensión coherente del fenómeno metafórico. Ciertamente, creemos que muchas de las ideas nucleares de Lakoff y Johnson juegan un papel importante en la construcción de una matriz teórica que demuestre la centralidad de la metáfora en nuestro sistema conceptual y que destaque su carácter cognitivo. Sin embargo, este trabajo sostiene la tesis de que es necesario ampliar y restringir a la vez los principales postulados de la teoría experiencialista. Ampliar, por un lado, la noción de metaforicidad hacia otras instancias lingüísticas que habían sido históricamente marginadas por la tradición retoricista. Restringir, por otro lado, las ideas relativas a la existencia de una serie de metáforas conceptuales subyacentes y la aplicación del adjetivo "metafórico" a casos en los que no puede señalarse un lenguaje básico literal que funcionara como un "grado cero" descriptivo.
Sólo resta decir que el presente trabajo se encuentra dividido en tres secciones. La Parte I se ocupa de la dimensión histórica del problema, prestando especial atención a la matriz teórica de la retórica racionalista y a una serie de intentos contemporáneos de superación de tal perspectiva. En la Parte II se analiza críticamente los principales rasgos y las consecuencias de la denominada "teoría contemporánea" de la metáfora, al tiempo que se caracteriza la noción de metáfora conceptual brindada por Lakoff. Luego de haber examinado la dicotomía literal-metafórico y los aspectos diacrónico y cultural de la metáfora, la Parte III -finalmente- presenta una crítica y una reformulación de aquellos aspectos teórico-conceptuales inadecuados del enfoque experiencialista.