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Introducción
Hablar
acerca de la metáfora es, en cierto modo, referirse a la historia de
una maldición. Es tratar de hilvanar un relato acerca de un estigma,
un demonio infatigable dentro de la escena filosófica occidental que,
la mayor parte de las veces, funcionó como obstáculo para cualquier
teoría interesada en suscribir una racionalidad pura.
La metáfora es extravagante, incluso -podríamos pensar- quizá sea la
extravagancia del lenguaje. Es, muchas veces, una transgresión categorial,
una violación de las máximas conversacionales, un cierto tipo de desplazamiento
conceptual (tal como lo indica el mismo término griego Metaf.....).
En este sentido, hay algo de cierto en lo que observa el retórico Michel
Le Guern: "el lenguaje de todo hombre pretende ser razonable; la metáfora
no lo es". Pero es precisamente esta dificultad para ser racionalizada
la que la convierte en un tópico complejo en cuanto a su estatuto y
valor gnoseológicos, y en un fenómeno muy significativo para la indagación
filosófica.
Cada vez que nos sumergimos en la reflexión acerca del lenguaje (sea
de su esencia, su uso, sus contradicciones) nos enfrentamos, de manera
inevitable, con el problema de la metáfora. Reflexionar sobre ella,
tornarla objeto de indagación, significa ocuparse de un problema filosófico,
alguna vez ubicado en la periferia de esta disciplina. Una interrogación
tal requiere apelar a una extensa tradición teórica que nos remonta
prácticamente al comienzo de la filosofía en Grecia. Pero, por otra
parte, también es necesario reconocer las direcciones de estudio que
en los últimos veinte años han puesto a dicho tema bajo una luz completamente
diferente, generando de esta manera nuevas dudas, posiciones y debates.
1. Dimensión
histórica del problema
Hablar
sobre la metáfora implica, también, entrar en contacto con investigaciones
de distintas disciplinas y estudios de distintas épocas, cuya homogeneidad
es -si existente- muy difícil de demostrar. La tematización del lenguaje
figurativo (y, específicamente, de la metáfora) es una cuestión cuyo
origen puede remontarse hasta los escritos de Platón y Aristóteles,
si bien se trató de un asunto filosófico "periférico" en la medida en
que no se la visualizó como un problema aislado y claramente diferenciable.
En primer lugar, Platón fue quizá uno de los más apasionados detractores
del lenguaje figurativo, al mismo tiempo que uno de los más prolíficos
usuarios de recursos "literarios". El sueño platónico de desterrar a
los poetas estaba basado en la idea de que lo figurativo, en tanto se
encuentra vinculado con la práctica del poeta, no favorece en absoluto
la búsqueda de la verdad y, en tal sentido, es ilusorio e inútil. De
este modo, en nombre de la verdad, Platón traslada la metáfora, junto
con los otros instrumentos poéticos, a la "periferia" de la práctica
filosófica.
El advenimiento de Aristóteles traerá una nueva riqueza conceptual al
problema. En su Peética, además de delimitar el concepto de metáfora
(como transferencia del nombre de una cosa a otra) y sus diversas clases,
no desdeña la práctica poética, por el contrario, la valora positivamente,
en la medida en que le atribuye una función de purificación y expurgación
de los excesos de las pasiones. Pero la novedad crucial aquí es que
con Aristóteles se origina de manera explícita, en el campo de la reflexión
sobre el lenguaje, la oposición entre lo propio y lo transpuesto (en
esta última clase se encuentran los sentidos indirectos o tropos.
Los
continuadores más inmediatos de Aristóteles (Cicerón, Quintiliano, Dionisio
de Halicarnaso) no se alejaron de los términos planteados por el Estagirita.
A partir de ellos, la noción de figura del lenguaje comenzará a desempeñar
un papel cada vez más importante. En términos generales, para la tradición
retórica que va desde Quintiliano a Fontanier, la figura es algo subordinado,
superpuesto, ornamental; es un desvío respecto de la norma. Gradualmente,
la valoración positiva que Aristóteles había hecho sobre la metáfora
se va disolviendo para acercarse a una posición más proclive al platonismo,
es decir, a la desestimación de las relaciones entre metáfora y conocimiento.
La metáfora, se suponía platónicamente, no jugaba un papel importante
en la actividad cognoscitiva humana. En la medida en que las figuras
eran reemplazables por enunciados literales sin pérdida de significado,
se consideraba que su presencia no era imprescindible. Esta concepción
alcanza, inclusive, a la retórica del siglo XVIII, la retórica agonizante,
la cual se funda en la creencia en un cierto "fondo de pensamiento"
que puede ser expresado tanto de manera directa (literal) como de manera
indirecta (por medio de una figura).
Si bien durante el siglo XIX, Gianbattista Vico y Friedrich Nietzsche
ya habían otorgado a la metáfora una centralidad cognitiva, al igual
que Ivor Richards y Max Black en este siglo, la constitución de un campo
específico de estudio sobre sus aspectos conceptuales surge explícitamente
a finales de 1970, a partir de la publicación de un artículo de Michael
Reddy titulado "The Conduit Metaphor". El posterior desarrollo de esta
nueva teoría de la metáfora tomó de Reddy el carácter conceptual y convencional
de la metáfora, así como su ubicación dentro del sistema ordinario del
pensamiento. Reddy arriesgó la tesis de que el lenguaje inglés cotidiano
era enormemente metafórico, abandonando la idea tradicional según la
cual la metáfora se ubicaba primariamente en el discurso artístico-poético.
Situados en la convergencia entre estudios cognitivos sobre el lenguaje
y filosofía, George Lakoff y Mark Johnson partieron de la propuesta
de Reddy y buscaron una manera más sistemática de analizar los esquemas
metafóricos que subyacen al pensamiento cotidiano. En Metaphors We Live
By (1980), su obra fundacional, sostienen la tesis de que "nuestro sistema
conceptual ordinario, en términos del cual pensamos y actuamos, es fundamentalmente
de naturaleza metafórica", y que dichos conceptos metafóricos estructuran
nuestras percepciones y conductas. Este punto de vista -que dichos autores
denominaron experiencialismo- considera que lo esencial de la metáfora
es que nos permite comprender un dominio de la experiencia a partir
de otro dominio. Indudablemente, una tesis como ésta involucra algo
más que un cierto descubrimiento en la esfera de la lingüística: se
trata de una afirmación que desafía la imagen tradicional según la cual
la metáfora es un componente desviado, ornamental, y periférico al pensamiento
humano. Atañe, en suma, a la misma filosofía del lenguaje.
Contradiciendo la tesis de Umberto Eco según la cual la historia de
la metáfora no es más que una suerte de nota al pie al pensamiento de
Aristóteles, durante los últimos quince años se ha producido un progresivo
incremento en las investigaciones sobre la metáfora, no sólo en la cantidad
sino en la heterogeneidad de los puntos de vista (desde teorías formales
dentro de las ciencias de la computación hasta la Nueva Retórica de
la escuela de Praga), estudios que modifican de manera sustancia lo
planteado por el modelo aristotélico. Concretamente, al abrir el campo
teórico de la "metáfora conceptual", al indagar el lenguaje cotidiano
de los hablantes y la forma en que las metáforas determinan su visión
del mundo, Lakoff y Johnson han iniciado un giro fundamental sobre la
noción clásica de metáfora.
2. ¿De
qué hablamos cuando hablamos de metáfora?
Hace casi
setenta años, Ernst Cassirer realizó una importante distinción entre
dos sentidos fundamentales de metáfora. En un primer nivel, se refirió
a ella en tanto que transposición lingüística. Los conceptos entre los
cuales la metáfora oscila "poseen significados fijos e independientes,
y entre ambos, considerados como puntos estables de partida y llegada
(...) se produce el proceso conceptual, que causa la traslación de uno
a otro y por medio del cual una expresión queda semánticamente preparada
para sustituir a otra". Esta traslación debe diferenciarse de un sentido
más "radical" u originario, representado en el hecho de que "la más
primitiva expresión verbal exigía ya la transmutación de cierta experiencia
cognoscitiva o emotiva en sonidos (es decir: en un medio que era ajeno
y quizá divergente de tal experiencia)". Debe destacarse, de todos modos,
que Cassirer no es el primer autor en notar esta naturaleza metafórica
del vínculo experiencia-lenguaje: dicho rasgo ya había sido esbozado,
en realidad, por Friedrich Nietzsche en el marco de su crítica de la
idea de conocimiento objetivo. Creemos que la anterior distinción conceptual
resulta de gran importancia a fin de tratar adecuadamente el tema, intentando
evitar que se produzcan confusiones entre los dos niveles mencionados.
Por otra parte, en la medida en que nuestro objeto se encuentra relacionado
de distintas maneras con otros tropos, será necesario brindar aquí una
breve aclaración conceptual sobre ellos. Concretamente, la metáfora
es generalmente agrupada entre las figuras verbales o tropos, expresiones
caracterizadas por promover un cambio de sentido. Entre ellas podemos
señalar a la metonimia, la sinécdoque y el símil. Consideremos las siguientes
expresiones:
Caso [1]
En Argentina, la fuga de cerebros es cada vez mayor (la parte por el
todo)
Caso [2] Tengo que arreglar el auto (el todo por la parte)
Caso [3] Está leyendo a Séneca (el efecto por la causa)
Caso [4] Nos hace falta un techo
Caso [5] Dános el pan de cada día
Caso [6] Soy un ojo (G. Flaubert)
Caso [7] Soy como un ojo
Caso [8] El cerebro es a la mente lo que el hardware de una computadora
a sus programas o software.
Caso [9] Las impresiones sensoriales son con respecto a la mente lo
que las marcas a una tablilla de cera.
Pensemos,
en primer lugar, a la metonimia (véanse algunas de sus variantes en
los casos [1], [2] y [3]). En [1], es posible notar que se hace referencia
a la fuga de personas -intelectualmente brillantes- por medio de la
alusión a una parte de ellas -el cerebro-. En términos generales, la
metonimia funciona en la vida cotidiana remarcando a una entidad relevante
(más visible, conocida y estable) para referirse a otra menos saliente.
Sus combinaciones, como es sabido, incluyen a el todo por la parte,
la parte por el todo, el efecto por la causa, entre otras posibles.
El estatuto de la sinécdoque ha sido objeto de arduas discusiones. Algunos
estudios la han situado dentro de la metonimia, como uno de sus casos.
Otros, como el retórico Heinrich Lausberg, le otorga un espacio independiente
y la divide en dos tipos: una sinécdoque de lo amplio (en la que lo
más reducido es expresado por lo más amplio: por ejemplo, la especie
por el género), y una sinécdoque de lo reducido (en la que lo más amplio
es expresado por lo más reducido: los casos [4] y [5] pertenecen a esta
última clase). El desplazamiento producido en los enunciados [4] y [5]
es de carácter interno, en la medida en que no escapan del campo semántico
desplegado alrededor de "vivienda" y "alimento".
La comparación o símil -ejemplificada en [7]- consiste en la "comunidad
de una propiedad entre varias cosas", lograda por intermedio del nexo
"como" o de uno de sus reemplazantes. Su tarea es acercar diversos objetos
para evocar mejor a uno de ellos. Los ejemplos [8] y [9] corresponderían,
por su parte, a aquellas expresiones que Aristóteles clasificó como
metáforas por analogía.
En último término, el caso [6] constituye, por supuesto, una expresión
metafórica (de un cierto tipo, tal como se demostrará en los últimos
capítulos). Es sabido que las definiciones acerca de la naturaleza de
la metáfora superan largamente la centena. Si bien serán expuestas varias
de ellas a lo largo de este trabajo, partiremos -teniendo en cuenta
su posibilidad de ser modificada- de la noción propuesta por Tzvetan
Todorov y Oswald Ducrot en su Diccionario enciclopédico de las ciencias
del lenguaje, a saber, "empleo de una palabra en un sentido parecido,
y sin embargo diferente del sentido habitual". Creemos que dicha definición
conceptual, si bien no del todo precisa, permitirá razonar sobre el
fenómeno de mejor manera que si se lo intentara hacer a partir de una
especificación más técnica, formal o algorítmica.
3. Algunas
precisiones sobre la problemática
3.1. Investigar
la metáfora
Es destacable
el hecho de que la investigación actual sobre la metáfora (llevada adelante,
principalmente, por la filosofía del lenguaje, la lingüística cognitiva,
los estudios cognitivos y la nueva retórica) está signada por una profunda
heterogeneidad de enfoques. Es posible notar que, frecuentemente, los
diversos autores no responden a una única pregunta común y conciliadora.
Es así que muchas de las controversias entre teorías resultan ser, en
realidad, diferencias en el tipo de preguntas que se intenta responder,
o de las clases de fenómeno que se pretende estudiar.
En lo concerniente a los objetos de investigación, la heterogeneidad
es manifiesta: es posible hallar estudios relativos a metáforas de lenguaje
cotidiano, a metáforas conceptuales, o bien a metáforas poéticas. En
cuanto a la diversidad de las preguntas, podría decirse que -desde Aristóteles
en adelante- investigar la metáfora ha significado interrogarse acerca
de alguna de las siguientes cosas:
[a] su
naturaleza y función (¿Qué es una metáfora? ¿Qué papel cumple en el
lenguaje o cómo opera?)
[b]
el proceso de comprensión correspondiente (¿Cómo son producidas, reconocidas
e interpretadas las metáforas?)
Esta diferenciación
resulta interesante en la medida en que tiende a evitar malentendidos
acerca del alcance de ciertas hipótesis. La retórica clásica y la racionalista,
por ejemplo, se preocupan casi exclusivamente de la cuestión relativa
a la naturaleza de la metáfora; su finalidad principal consiste en distinguir
el conjunto de los procedimientos "figurados" -si bien no es posible
negar que se deslizan de manera implícita algunas ideas sobre la función
que ella cumple en el todo del lenguaje humano-. En términos generales,
la pregunta formulada desde los estudios cognitivos y la lingüística
cognitiva está relacionada con la función de lo metafórico. La pregunta
[b], por último, ha sido generalmente objeto de la filosofía del lenguaje
anglosajona y de los estudios lingüísticos sobre pragmática.
3.2. ¿En
qué sentido la metáfora es un problema filosófico?
En La relatividad
ontológica, Willard Quine sostuvo la desafiante tesis de que la actividad
filosófica se distingue de las disciplinas científicas sólo por un mayor
grado de generalidad en su discurso. Pero aquello sobre lo cual Quine
no llegó a preguntarse es qué sucede cuando, en el interior de las diversas
ciencias, comienzan a trazarse planteos de un alto grado de generalidad,
si se quiere, una generalidad "filosófica". Esta es, en cierta medida,
la situación que se presenta en trabajos como los de Lakoff y Johnson.
Ellos ponen en juego un interrogante que es, en definitiva, filosófico;
sin embargo, lo hacen desde los bordes o márgenes de la filosofía. De
acuerdo con lo observado por Eduardo Rabossi -quien reflexiona sobre
el notable desarrollo alcanzado por la filosofía de la mente en los
últimos años- en los niveles más elevados de disciplinas tales como
biología, lingüística y ciencia cognitiva "suelen surgir problemas y/o
formularse hipótesis de indudable raigambre filosófica". Es así que
la tesis según la cual nuestro sistema conceptual es mayormente metafórico
pone en escena, inevitablemente, ciertos interrogantes o cuestiones
históricamente asociados a la teoría del conocimiento y la filosofía
del lenguaje: la relación entre lenguaje y experiencia, la conexión
entre sistema conceptual y cultura, la posibilidad misma de un lenguaje
descriptivo completamente literal, por mencionar solamente algunos.
Creemos que no es posible realizar una búsqueda adecuada del estatuto
filosófico de lo metafórico sin recurrir a los estudios cognitivos y
otras disciplinas relacionadas (lingüística, semiología), en la medida
en que la metáfora se nos presenta como algo más que una "figura" del
lenguaje analizable en términos puramente retóricos.
3.3. ¿Qué
tipo de teoría es una teoría sobre la metáfora?
Otro argumento
a favor de la idea de que el tema de la metáfora concierne al filósofo
es que ella no representa un asunto meramente fáctico. Aunque Lakoff
y Johnson (y las teorías cognitivas en términos generales) enfaticen
las bases empíricas que sustentan su tesis, se debe remarcar que las
hipótesis que conforman toda teoría de la metáfora no constituyen estrictamente
enunciados fácticos, sino interpretaciones críticas acerca de lo que
se debe buscar en las metáforas, argumentaciones que señalan cómo y
qué mirar en ellas. Cuando nos encontramos en la convergencia de dos
o más teorías heterogéneas sería adecuado proceder, no verificándolas
contra los hechos (procedimiento, por otro lado, virtualmente imposible),
sino más bien realizando las interpretaciones y comparando los resultados.
En este sentido, hablar sobre la metáfora es una tarea que sólo se puede
realizar desde un metalenguaje, o más bien, desde un "meta-metalenguaje",
en el sentido de que el objeto de nuestro análisis es, por definición,
un lenguaje de segundo orden, una forma desplazada de expresión.
En
esta instancia debe aclararse que, si bien no se pretende abordar a
la metáfora como un problema exclusivo de lenguaje, sí se debe aceptar
que se trata de un objeto de estudio cuyo análisis se realiza a partir
de evidencias de tipo lingüístico. Pero sostener que la investigación
sobre la metáfora puede llevarse a cabo a partir de "rastros" lingüísticos
es muy diferente a sostener que la metáfora es exclusivamente un asunto
de lenguaje (retórico, si se quiere), y no debe ser tomado en cuenta
como objeto de discusión filosófica.
4. Sobre
las limitaciones y objetivos de este estudio
Es necesario
señalar una última aclaración metodológica. El hecho de que el presente
trabajo se centre, en su mayor parte, en un lenguaje metafórico-objeto
no debe confundirse con una desestimación de la potencialidad práctica
(o, más específicamente, pragmática) de los enunciados. A menos que
se señale lo contrario, cuando en el marco de este trabajo digamos,
por ejemplo, que "El gato está sobre el felpudo" es un enunciado literal
(de hecho, constituye quizá el caso paradigmático de esta clase de oraciones),
debe comprenderse que estamos imaginándolo inserto en una situación
de habla ideal. Esto es, suponemos que no está siendo usado de manera
figurativa, o bien que no da a entender lo contrario de lo que se enuncia
-tal como sucede en los casos de ironía-.
Por otra parte, este trabajo no es una investigación retórica, en el
sentido de que no se ocupa de analizar todos los tipos posibles de metáfora
ni se limita a ejemplos poéticos (es decir, aquel tipo de expresiones
que podemos hallar en un libro de poemas, una novela o una obra de teatro).
Tampoco es un estudio de carácter lingüístico, en cuanto no apela a
una metodología predeterminada de trabajo de campo ni a una enumeración
exhaustiva de ejemplos lingüísticos. Su motivación principal concierne,
en realidad, a los aspectos filosóficos de lo metafórico, aquellos relacionados
con su estatuto y capacidad cognitivos, esto es, con su lugar en los
procesos humanos de conocimiento.
Si bien el marco conceptual desde el cual se articula este trabajo se
encuentra conformado -en gran parte- por los planteos y nociones del
experiencialismo, el objetivo general de este trabajo consiste en realizar
una crítica de algunos de sus elementos y reformularlos a fin de obtener
una comprensión coherente del fenómeno metafórico. Ciertamente, creemos
que muchas de las ideas nucleares de Lakoff y Johnson juegan un papel
importante en la construcción de una matriz teórica que demuestre la
centralidad de la metáfora en nuestro sistema conceptual y que destaque
su carácter cognitivo. Sin embargo, este trabajo sostiene la tesis de
que es necesario ampliar y restringir a la vez los principales postulados
de la teoría experiencialista. Ampliar, por un lado, la noción de metaforicidad
hacia otras instancias lingüísticas que habían sido históricamente marginadas
por la tradición retoricista. Restringir, por otro lado, las ideas relativas
a la existencia de una serie de metáforas conceptuales subyacentes y
la aplicación del adjetivo "metafórico" a casos en los que no puede
señalarse un lenguaje básico literal que funcionara como un "grado cero"
descriptivo.
Sólo resta decir que el presente trabajo se encuentra dividido en tres
secciones. La Parte I se ocupa de la dimensión histórica del problema,
prestando especial atención a la matriz teórica de la retórica racionalista
y a una serie de intentos contemporáneos de superación de tal perspectiva.
En la Parte II se analiza críticamente los principales rasgos y las
consecuencias de la denominada "teoría contemporánea" de la metáfora,
al tiempo que se caracteriza la noción de metáfora conceptual brindada
por Lakoff. Luego de haber examinado la dicotomía literal-metafórico
y los aspectos diacrónico y cultural de la metáfora, la Parte III -finalmente-
presenta una crítica y una reformulación de aquellos aspectos teórico-conceptuales
inadecuados del enfoque experiencialista.
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