
| ..::: | La racionalidadde la Phrónesis. Algunas resonancias en el pensamiento actual sobre la acción y la ética. ( Luis Varela ) | |
|
Algunos conceptos elaborados por la tradición filosófica tienen la virtud de resistir el desgaste del tiempo y volver a cobrar vitalidad en las discusiones del presente. Uno de esos conceptos es el de phrónesis (prudencia), cuya determinación terminológica fue establecida por Aristóteles en los escritos sobre ética. En tiempos de ostensible complejidad e incertidumbre, como los nuestros, es un síntoma destacable del pensamiento actual, la preferencia por el concepto de phrónesis en lugar del concepto más orgulloso de epistéme, para dar cuenta de los desafíos que plantea el conocimiento y la acción. El interés por el tipo de
racionalidad práctica que sugiere la exposición aristotélica de phrónesis
- que la tradición suele denominar con la fórmula de "racionalidad
prudencial"- tiene que ver 1) con la fuerte presunción de que este
concepto encierra en su significación ética una ambiguedad, que la
elaboración técnica desarrollada en los cursos de ética del estagirita,
no ha logrado disipar del todo, 2) por el hecho de ofrecer un
modelo de aplicación y, 3) por representar una razón de lo contingente.
I. Una ambiguedad en la tradición de la phrónesis. La división que Aristóteles establece dentro de la diánoia entre un logos teorético y un logos práctico, ayudó a acentuar una ambiguedad ya latente en el concepto de phrónesis: la de representar tanto un conocimiento éticamente desinteresado, como también incluir en su significación un conocimiento "interesado" de carácter utilitario y pragmático. Así, por ejemplo, ophélimos y symphéron, como adjetivos que suelen acompañar el uso de phrónesis, poseen un significado ambiguo, pues ya expresan lo que es conveniente en sentido egoísta, como lo que es moralmente beneficioso. Esta circunstancia oscurece la transparencia semántica de phrónesis: ¿es un saber práctico-moral o es un saber práctico egoísta-pragmático?. Esta posibilidad exegética de phrónesis vuelve interesante su interpelación dentro de las teorías actuales sobre la racionalidad de la acción. Dos tradiciones en las que
hunde sus raíces la conceptualización de phrónesis como racionalidad
práctica -la tradición platónica y la popular-literaria- subyacen
en el fondo de esta cuestión. Como mostró muy bien Aubenque, las fuentes
de la doctrina aristotélica de phrónesis hay que buscarlos, más que
en la Academia platónica, en la tradición prefilosófica popular, sobre
todo en la tragedia griega, la que "posiblemente disimula, en sus
sentencias, más verdad sobre el hombre, el mundo y los dioses, que
la antropología, la cosmología o la teología sabia de los filósofos"
(Aubenque, 1986, p. 25-26). II. Modelo de aplicación. De acuerdo con los análisis de la acción en el libro III de la Ética nicomaquea, corresponde a la phrónesis una función de deliberación y selección (“adaptación”)de medios (acciones) para alcanzar un fin propuesto. Explícitamente se afirma que el saber fronético no es determinante de la rectitud del fin o del bien a realizar en la acción, sino la disposición ética. De este modo, la rectitud de la acción (o de la vida en su conjunto) depende de la inclinación del carácter, pues sólo un carácter bien dispuesto asegura el deseo de un fin recto; la cuestión de la eficacia y rectitud de los medios para alcanzar el fin queda como la función exclusiva de la phrónesis. Se corre el riesgo, así, de concebir al saber práctico como un mero cálculo eficaz ejercido sobre los medios, indiferente a la calidad del fin perseguido. Tal reducción "técnica" de phrónesis -apoyada en numerosos pasajes de la ética aristotélica- compromete la función que le corresponde como saber o racionalidad moral. Pero, al lado de la función
de adaptación y adecuación de los medios para la consecución de un
fin, corresponde tradicionalmente a la phrónesis una función de “aplicación”
en el ámbito de las acciones, pues su objeto es tanto lo universal
como lo particular (Et.nic.1141b14-16). Por el conocimiento de lo
particular, la prudencia incluye experiencia y opinión; y por el conocimiento
de lo universal La función de aplicación hace posible pensar la acción bajo el esquema universal-particular, según el cual la acción que es siempre particular se subsume bajo un principio práctico universal, en tanto puede reconocerse que esa acción es un caso de aplicación del principio. Este esquema de la acción -que se expresa silogísticamente en una de las variantes del "silogismo práctico"- se destaca frente al otro esquema de la acción: fines-medios, por el cual la acción se representa no como un caso de aplicación de un principio, sino como medio o instrumento para alcanzar un fin otro que la acción misma, lo que introduce en la acción un matiz de carácter técnico-instrumental.
Frente al esquema de la acción fines-medios, algunos intérpretes han privilegiado el esquema de la relación universal-particular por ser el más compatible con la exigencia de que una acción ética debe encerrar un valor en sí misma. Tenemos así dos posibles lecturas de la ética aristotélica en función del peso relativo que se de a uno u otro esquema de la acción: una lectura teleológica, que enfatiza el esquema de acción fines-medios; y otra, deontológica, que privilegia el esquema universal-particular. Si bien es posible compatibilizar
los dos esquemas de acción, con lo cual esta diferenciación no puede
llevarse demasiado lejos, esta duplicidad es importante pues nos da
un indicio de que la racionalidad práctica de la phrónesis parece
operar en dos sentidos: como una racionalidad de medios para fines
y como una racionalidad de aplicación de lo universal a lo particular
(tal es el caso de la epiekeia). III. Un Logos de lo contingente Si bien, la doctrina de Aristóteles acerca de la phrónesis contiene innumerables ambiguedades y aspectos conflictivos, sin embargo tuvo el importante mérito de reconocer con plena conciencia la exigencia de un logos adecuado a la dimensión práctica del hombre, de un logos humano diferente del logos formal puro que corresponde a la dimensión cognoscitiva-científica del hombre. La phrónesis es tematizada como la razón de lo contingente. En efecto, en un mundo contingente, en el que juega el azar y el kairós, la prudencia a los ojos de Aistóteles es esa capacidad intelectual imprescindible para orientarse frente a los embates de las circunstancias. La tradición literaria suministra una magnífica imagen de esta situación humana mediante las peripecias de Ulises. Cuando Aristóteles delimita
el saber fronético del saber científico, del saber técnico y, también,
del saber filosófico-especulativo, no hace otra cosa que reconocer
la singularidad de un saber que rige la acción, no a espaldas de ella,
sino en medio de ella. En función de su objetivo como areté dianoetiké
-decide aquí y ahora cómo actuar para realizar el bien humano- incluye
en su contextura el deseo y la disposición ética, es decir toda la
complejidad del ser moral o êthos del hombre. Este entramado
entre la phrónesis, el deseo y la disposición ética, parece ser el
recurso extremo al que apela Aristóteles para neutralizar el riesgo
de una racionalidad orientada más hacia la adecuación de medios a
fines, que a la elección de los fines mismos de la acción.
Como es bien sabido, Kant excluye la prudentia de la moralidad. Bajo el peso de la tradición kantiana, el principio de la prudencia se expone como “el amor de sí mismo ilustrado” (Frankena, 1965). El punto de vista moral se separa del punto de vista de la prudencia. Aunque la prudencia como conocimiento práctico no necesariamente es inmoral, puede llegar a serlo. En definitiva, representará en lo sucesivo una capacidad intelectual amoral. La racionalidad práctica de Kant, en tanto deontológica, excluye del ámbito de la moralidad toda racionalidad práctica teleológica por estar condicionada a intereses e inclinaciones personales y/o grupales. Pero la primacía del deber sobre la búsqueda de una vida buena plantea una disociación dentro de la racionalidad práctica misma y de la teoría ética que no parece conformarse con las exigencias de las necesidades humanas. Justicia sí, pero también -¿por qué no?- felicidad. La rehabilitación y reinvindicación de la prudencia -concretamente, de la phrónesis aristotélica- que desde distintos ámbitos filosóficos se ha efectuado en las últimas décadas, reaviva la discusión otra vez sobre la incumbencia de la prudencia para la vida moral; la impotencia evidente de los principios frente a la realidad vuelve a plantear la necesidad de determinar la función de la prudencia, como forma de racionalidad práctica en el ámbito de los problemas de la ética normativa y aplicada. Uno de los planteamientos
que neoaristotélicos y comunitaristas hacen a las teorías racionalistas
de la moral consiste en el rechazo del modelo deontológico de racionalidad
práctica y la aceptación de la superioridad de los modelos teleológicos.
Es así que, desde una perspectiva antideontológica, MacIntyre expone
en Tras la Virtud (1987) que la ética de la ilustración al olvidar
la matriz teleológica de las éticas clásicas desemboca en la actual
situación de escepticismo y emotivismo que caracteriza a la cultura
contemporánea. Justamente, el abandono de la perspectiva del telos
sustantivo de la actividad humana como justificación de la acción
moral, hace que la cuestión central de la moral concierna únicamente
a las reglas. A las preguntas, ¿que debemos elegir? y ¿cómo debemos
elegir? se responde preguntando no ¿qué clase de persona voy a ser?,
sino ¿qué reglas debemos seguir y por qué?. Desde la perspectiva del
liberalismo moderno "las preguntas acerca de la vida buena para el
hombre o los fines de la vida humana se contemplan desde el punto
de vista público como sistemáticamente no planteables. Los individuos
son libres de estar o no de acuerdo al respecto" (1987, p. 152-153).
Con este argumento, señala MacIntyre, no sorprende que las reglas
(hegelianamente, el "mero deber") pasen a ser centrales en la vida
moral. Así, la primacía de la racionalidad deontológica -cuya lógica
sería "debo porque es justo"- desliga la acción moral de toda finalidad
natural de la acción, con lo cual se dessustantiviza la noción de
bien o bondad y la dimensión moral se hace abstracta y descarnada.
En el pensamiento contemporáneo, varias corrientes que han asumido el desafío de la Ilustración han reconsiderado la exclusión kantiana de la prudencia mostrando las dificultades que ese acto implica, situación que ha conducido a nuevos o, mejor dicho, más “depurados” planteamientos sobre la racionalidad práctica. En este sentido, no cabe duda acerca de la relevancia que el tema de la racionalidad de la phrónesis tiene en el debate ético-político entre el universalismo {etico y las corrientes sustantivistas, en la época de la tardomodernidad. En función de escudriñar huellas
del concepto de phrónesis en el pensamiento actual, considero relevante
como punto de partida la clasificación de los tipos de acción que
establece Max Weber en Economía y Sociedad, según los grados de racionalidad
presente en ellos. Desde esta base weberiana, podemos tomar en cuenta
dos direcciones opuestas que se perfilan dentro del campo de la ética
contemporánea: una (1), (a) el neoaristotelismo de MacIntyre, cuya apelación a una "ética de las virtudes" contextualizada, en oposición a una "ética de las normas", puede considerarse como la respuesta crítica al mundo desencantado de Weber, en el que predomina la racionalidad teleológica; (b) la hermenéutica filosófica
de Gadamer, quien destaca el concepto phrónesis como modelo de aplicación
hermenéutica. La racionalidad hermenéutica como racionalidad
práctica asegura a la filosofía práctica su especificidad frente a
la planificación técnica. Aunque este espectro es limitado
si se lo compara con el amplio debate dentro de la literatura sobre
la naturaleza de la racionalidad (véase, por ej. la compilación de
trabajos realizada por Oscar Nudler sobre esta cuestión, con el título
de La racionalidad: su poder y sus límites), sin embargo estimo que
todos las corrientes mencionadas guardan una vinculación significativa
con el problema de la phrónesis, a cuyo enriquecimiento contribuyen.
V. Racionalidad y mundo desencantado Max Weber, en el comienzo de Economía y Sociedad (1987) expone una clasificación de la acción social y de la racionalidad implicada. De los tipos de acción discriminados - racional-teleológico, racional-axiológico, afectiva y tradicional- el primer rango en un orden decreciente de racionalidad lo ocupa la acción racional-teleológica. Precisamente, el proceso de racionalización que, según Max Weber ha caracterizado la evolución de Occidente, consiste en el predominio de la racionalidad teleológica, según la cual lo racional se define como la aplicación adecuada de medios a fines que se persiguen, tomando en cuenta las consecuencias. Esta racionalidad despliega progresivamente su dominio sobre diversos sectores de la vida social, particularmente en la esfera de la economía y de la administración burocrática. En oposición a la "racionalidad
teleológica" Weber alude a una "racionalidad valorativa" que rige
una acción con arreglo a valores, por lo cual se obra según convicciones,
sin atender a las consecuencias previsibles (1987, p.20-21). Pero,
esta racionalidad valorativa no resuelve los conflictos entre valores
(que en el fondo son conflictos entre intereses). Y esta resolución
dependerá de la imposición de la fuerza o el poder.
Otra consecuencia: el monoteísmo axiológico ha dado lugar al politeísmo axiológico en el cual cada uno tiene su propio dios. Esto significa que en materia de valores y/o fines rige un relativismo axiológico en el que opera otra forma de acción y racionalidad: la accción racional-axiológica. En El político y el científico (1967), Weber se refiere a las "éticas de la convicción" de cuño kantiana y protestante, a las que distingue de una "ética de la responsabilidad". Según la "ética de la convicción"
hay actos que deben realizarse porque encierran valores intrínsecos,
sin que importen las posibles consecuencias que se sigan. Los valores
últimos orientan la intención de la acción, haciendo abstracción de
los medios y, sobre todo, de las consecuencias probables. Esta ética
se configura como un rechazo explícito del mundo empírico, es una
ética de otro mundo. Aquí domina el valor que como tal se resume en
una creencia subjetiva imposible de objetivar. Frente al valor, la
argumentación cede su lugar a la fe. Por esto se explica, también,
que la racionalidad de medio-fines sea para Weber la única que posibilite
un conocimiento objetivo, en tanto excluye de su dominio las valoraciones.
La racionalidad teleológica a diferencia de la racionalidad axiológica
toma en cuenta las consecuencias de la acción y es valorativamente
neutral. A diferencia de la “ética
de la convicción” la "ética de la responsabilidad", sin renunciar
a los principios, se preocupa de las consecuencias previsibles de
la acción. Aquí interviene la decisión personal y el cálculo o deliberación.
Quien actúa conforme a esta ética se propone fines, sopesa los medios
conducentes a ellos y las consecuencias resultantes; asume, por lo
tanto, las consecuencias y los costos en sus acciones. En el ámbito
de la política "no es verdad que de lo bueno sólo puede salir lo bueno
y de lo malo, solo lo malo, sino a menudo lo inverso. Quien no comprenda
esto es, en realidad, políticamente un niño". No hay duda que la "ética
de la responsabilidad" configura una ética de la prudencia y esto
ha sido generalmente aceptado. Pero, es observable que la manera en
que Weber expone esta ética de la prudencia en el terreno de la política,
ha dado pie a que muchos vieran en la prudencia política una expresión
de un crudo pragmatismo o realismo político. Que esta interpretación
es posible, se vincula con esa esa ambiguedad que la noción de prudencia
arrastra desde sus orígenes griegos y que en la modernidad se ha extremado,
sobre todo por la elaboración de Baltasar Gracián, cuya prudencia
“mundana” expresa a la perfección una racionalidad práctica
valorativamente neutral. VI. Tradición y virtud En Tras la Virtud, Alasdair
MacIntyre afirma que la visión contemporánea del mundo es predominantemente
weberiana, en tanto esta concepción -la del politeísmo axiológico-
es responsable del triunfo de la cultura emotivista. Desde el punto
de vista del emotivismo, la práctica social moderna exhibe lo siguiente:
? emergencia de una racionalidad burocrática empeñada en armonizar medios con fines predeterminados (a diferencia del esteta rico, que sobrado de medios, busca siempre fines en qué emplearlos). ? la pregunta sobre los fines son preguntas sobre los valores y la razón calla ante el intento de justificarlos. Los valores descansan en una elección o decisión cuya justificación es puramente subjetiva. De acuerdo con esto, Weber se presenta como un emotivista que ha borrado la distinción entre poder y autoridad. En efecto, según Weber, ninguna autoridad puede legitimarse en criterios racionales (autoridad religiosa, política), con excepción de la autoridad burocrática que apela a su propia eficacia; y es en esa apelación donde se ve que la autoridad burocrática es el poder triunfante. En oposición a ello, MacIntyre apela al modelo aristotélico de las virtudes éticas, en el que destaca: 1) que la pericia burocrática del experto que conecta medios y fines de manera valorativamente neutra no encuentra lugar en una cultura en donde la racionalidad de la phrónesis esté firmemente vinculada a las virtudes éticas (1987, p.195-6); 2) que la visión aristotélica de las acciones prohibidas u obligatorias es teleológica, aunque no consecuencialista (1987, p.190) y 3) el carácter contextual del ejercicio de la phrónesis asociada a las virtudes éticas. En consecuencia, vivimos en una cultura emotivista en la que el yo ha sido separado de su entorno social y concebido sin identidad social. Los "personajes" representativos como modelos de la cultura emotivista son el esteta rico, el burócrata y el terapeuta. En la terminología de Charles Taylor (Ética de la autenticidad) la cultura emotivista es la cultura de la autorrealización del individuo que ha perdido los lazos con la comunidad, replegándose en una esfera de intimidad egoística y narcisista (Taylor, 1994). Para MacIntyre, esta desvinculación marca el comienzo de la decadencia moral de nuestra época: al fracasar el proyecto ilustrado por el hecho de no hallar una justificación última racional de los principios morales universales, se instala en nuestro tiempo la convicción no razonada, más implícita que explícita, de la cultura emotivista que niega la posibilidad de objetividad de los juicios morales y la existencia de criterios racionales que justifiquen la elección de principios. Tanto la elección de principios como las decisiones morales se harán depender de las preferencias de la voluntad individual, con lo cual los discursos morales se vuelven inconmensurables y el acuerdo moral imposible. Esto, para MacIntyre, no significa que la moral ya no es lo que fue, sino que "lo que la moral fue ha desaparecido en amplio grado, y que esto marca una degeneración y una grave pérdida cultural" (1987, p.39). De allí que el propósito de MacIntyre sea reformular la tradición aristotélica de las virtudes para evaluar sus pretensiones de verdad. MacIntyre señala que el proyecto
ilustrado de justificación de la moral ha fracasado debido a que se
ha perdido el concepto funcional de hombre, es decir la concepción
clásica de que el hombre posee un télos. Al haberse abandonado en
la Ilustración el concepto de una naturaleza esencial como visión
teleológica, queda para los filósofos morales ilustrados un esquema
moral, en el cual pierden sustento los mandatos morales provenientes
de un contexto teleológico. Se da así una falta de conexión entre
los preceptos de la moral y la facticidad de la naturaleza humana.
Gradualmente, y como consecuencia de esta inconexión, la Ilustración
se acercó cada vez más a la aceptación del argumento de que partiendo
de premisas fácticas, no podía llegarse a conclusiones valorativas
o morales. El principio "ningún debe de un es" es la conclusión del
proyecto de la Ilustración. Frente a ello, el intento de MacIntyre
es revalorizar el concepto de virtud con el propósito de proponer
una "ética de la virtud", que sea una real opción frente a una "ética
de la norma". Las virtudes aristotélicas, en tanto éxeis que constituyen
una segunda naturaleza, no pueden tener como soporte al yo concebido
al modo emotivista, pues un yo separado de sus papeles o funciones,
como en Sartre, pierde la trama de relaciones sociales en las cuales
esas virtudes pueden ser efectivas. La vida virtuosa desde el yo emotivista
no es más que convencionalismo. En cambio, una vida conforme a las
virtudes supone un yo narrativo, para el cual la unidad de una vida
individual es la unidad de una narración que se encarna en una vida.
En este sentido, lo bueno para el individuo será el vivir mejor esa
unidad y llevarla a su plenitud. Ahora bien, esa unidad es la unidad
de un relato de Pero, buscar el bien tanto
como ejercer la virtud es una tarea imposible de realizarse individualmente.
Uno pertenece a una familia, a una ciudad, a un país, de cuyas tradiciones
hereda "una variedad de deberes, herencias, expectativas correctas
y obligaciones" (1987, p.271), que en su conjunto conformarán la substancia
de la vida moral. De este modo, tanto la práctica de las virtudes
éticas como de la virtud intelectual de la phrónesis se ejercen dentro
de un marco contextual que es la tradición.("Una tradición es una
discusión que se desarrolla a través del tiempo...") La identidad
moral que el yo encuentra en su tradición no implica que el yo no
pueda cuestionar las limitaciones morales de esa tradición. Ocurre
que "sin esas particularidades morales de las que partir, no habría
ningún lugar desde donde partir; en el avanzar desde esas particularidades
consiste el buscar el bien, lo universal" (1987, p.272). La conclusión
de MacIntyre es que el yo reforzado por la identidad que le presta
la unidad narrativa de una historia, que en el fondo se entronca en
la historia de las tradiciones, es en gran parte lo que ha heredado
del pasado. El yo forma parte de una historia que le escribe parte
de su guión. Por eso, le guste o no le guste, el yo es soporte de
su tradición. VII. Phrónesis como racionalidad hermenéutica. Desde la corriente hermenéutica
Gadamer se propone recuperar el valor de la "aplicación" dentro del
proceso hermenéutico. Es en medio de esta pretensión que la phrónesis
aristotélica adquiere relevancia en tanto se exhibe como modelo de
aplicacación hermenéutica. En la vieja tradición, se distinguían tres
momentos en el proceso hermenéutico: una subtilitas intelligendi (comprensión),
una subtilitas explicandi (interpretación) y un tercer componente
que fue añadido por el pietismo, la subtilitas applicandi. La hermenéutica
romántica de Schleiermacher, había establecido la unidad interna de
intelligere y explicare: comprensión e interpretación se interpenetran
íntimamente de modo tal que comprender es siempre interpretar. Pero,
además, con esta fusión se deja de lado el tercer momento del problema
hermenéutico: el de la aplicación. Por aplicación se entendía un momento
posterior al acto de cmprender e interpretar. En este punto, la tesis
de Gadamer es que "en la comprensión siempre tiene lugar algo así
como una aplicación del texto que se quiere comprender a la situación
actual del intérprete" (Gadamer, 1977, p.379). El proceso de comprender
incluye, además de la comprensión y la interpretación, el momento
de la aplicación. "En toda lectura tiene lugar una aplicación, y el
que lee un texto, se encuentra también él dentro del mismo conforme
al sentido que percibe. El mismo pertenece al texto que entiende"
(1977, p. 413-414). Comprender es así una instancia de aplicación
de algo universal (texto, palabra o ley) a algo particular (la situación
del intérprete). El texto representa lo universal y la situación del
intérprete lo particular. En tanto que el intérprete se encuentra
históricamente en situaciones diferentes, el texto será entendido
también en cada momento de una manera diferente. Se da así el hecho
paradójico de que lo que se comprende de un texto es siempre diferente,
aún cuando el texto permanece siendo lo mismo. En el proceso de comprensión
de un texto, no puede ser desatendida la situación del que interpreta.
Pero esto no significa que haya primero una comprensión objetiva del
significado ideal de un texto y que se aplique después de un modo
secundario al punto de vista particular del intérprete, como sucede
con el saber científico y el saber técnico; ya la comprensión misma
está determinada desde el principio por el intérprete y la situación
hermenéutica en la que se encuentra. Ahora bien, la función de aplicación dentro del ámbito de la práxis ético-política corresponde al saber práctico o prudencia que Aristóteles tematiza con la palabra phrónesis. La prudencia se refiere tanto a los hechos singulares y cambiantes, como a las reglas universales de acción. La presencia en la elaboración aristotélica de un lenguaje silogístico -por ej. el razonamiento práctico del acrático- confirma esta función de aplicación, según la cual la acción se representa como una relación entre lo universal (principios o reglas) y lo particular (descripciones de hechos y situaciones). Tambien en la tradición medieval se atestigua la asignación a la prudencia la capacidad de aplicar el conocimiento universal a las cosas particulares: "prudentia applicat universalem cognitionem ad particularia" (St.Th.II, II,49,1ad1). La prudencia tiene, entonces, la función de llenar la distancia infinita que existe entre los principios demasiados generales y la diversidad de las situaciones particulares opaca al pensamiento racional o, lo que es igual, la distancia también infinita entre la real eficacia de los medios y la realización del fin. Esta distancia infinita, que se expresa en el nombre "contingencia", exige ser llenada por mediaciones laboriosas e inseguras, corriéndose siempre el riesgo de fracasar. Una cosa es segura: si el bien o lo mejor posible no puede concretarse, hay que seguir el ejemplo del piloto avisado que para llegar al objetivo "adopta como segunda navegación el menor mal" (Et.nic.1139a34-35). Sobre esta doctrina, la argumentación de Gadamer -que es un ejemplo de apropiación hermenéutica de un texto clásico- consiste en destacar el modo peculiar de aplicación que caracteriza al saber práctico de la phrónesis, en contraste con los modos de aplicación característicos del saber científico (epistéme) y el saber técnico (téjne). Ante todo, el saber práctico no puede ser representado a la manera de un conocimiento objetivo de una realidad necesaria y ahistórica, es decir a la manera de un conocimiento científico. Por el contrario, su objeto es la realidad humana e histórica que requiere un conocimiento de experiencia, en el que tienen lugar los procedimientos de deliberación y elección. Su propósito no es la contemplación, sino la acción. Tampoco, el saber práctico es asimilable al saber técnico, a pesar de sus indudables afinidades. Una delimitación entre ambos es decisiva, pues el saber hacer (poiesis) pertenece también a la práxis humana, aunque no en el sentido de un saber ético-político. Si el saber práctico fuera semejante, su universalidad sería comparable a la universalidad de un proyecto o plan técnico, de tal modo que la actuación ética sería algo así como una autoproducción de uno mismo por la impresión de una "forma" previamente determinada. Se dispone, sin duda, de orientaciones generales sobre el obrar justo e injusto, solidario o cruel, etc., que se ha aprendido por educación y por origen y que forma parte, como decía Hegel, de la sustancia ética. Pero, estas imágenes difieren de las imágenes con la que el artesano fabrica su objeto, ya que se determinan previamente al acto de producir. Puede, por supuesto, ser modificadas y, en este caso, deben ser reemplazadas por otras; pero el proceso de aplicación está regido por un conocimiento previo de las imágenes. En cambio, el saber de "lo que es justo no se determina por entero con independencia de la situación que me pide justicia" (1977, p. 389). La universalidad del saber
práctico, por consiguiente, se diferencia de la universalidad del
saber científico y técnico en que: por un lado, su universalidad no
es representable como una ley objetiva en su aplicación al caso, ni
tampoco como una premisa universal de la cual pueda deducirse la acción.
Por otro lado, su universalidad no es representable a la manera de
una forma o diseño previo aplicado que se imprime a un material. Más
bien, la universalidad que le pertenece es una universalidad situada
o mediada por la situación, que hace que siempre debe ser comprendida
de una manera diferente de acuerdo con las diversa situaciones.
De esta manera, en la concreción
del saber práctico se efectúa una aplicación hermenéutica: si el saber
práctico fuera un conocimiento científico o técnico, lo justo en general
sería determinado objetivamente y conocido previamente a la situación
de acción. En este sentido, la aplicación consistiría o bien en el
reconocimiento de una acción como un caso particular de ejemplificación
de una ley universal, o bien en la configuración de la vida humana
de acuerdo a un modelo. En ambas alternativas, la aplicación es determinante,
pues las acciones son determinadas ya por principios objetivos ya
por reglas técnico-prácticas. Difieren sólo en la forma de la relación
entre lo universal y lo particular, pues en la primera alternativa
la relación es de "ejemplificación" y en la segunda, la relación conduce
a la "imitación" (la vida humana como obra de arte). Pero, la aplicación
del saber práctico es hermenéutico, lo que implica una mediación heurística:
lo justo aquí y ahora debe ser descubierto en la mediación del saber
práctico universal y la situación particular, a través de un proceso
deliberativo que es también autodeliberativo en tanto implica al que
debe actuar. Esto supone que el saber práctico no es completo por
sí mismo, sino que necesita de la situación para completarse y adquirir
un VIII. Habermas: acción y racionalidad comunicativa. Habermas asume el proceso
weberiano de "racionalización", pero lo incluye en el marco de un
proceso más vasto que coincide con la realización del programa de
la Ilustración (Cortina, 1986). En la tipología weberiana de las acciones,
la racionalidad predominante le correspondía a la racionalidad
teleológica, con lo cual en Weber el progreso de la racionalización
era entendido como la extensión de los subsistemas de la acción racional-teleológica,
característico del capitalismo liberal. Según Habermas, al no haber
distinguido claramente Weber entre relaciones sociales mediadas por
intereses y relaciones sociales mediadas por un acuerdo normativo,
no pudo comprender las consecuencias que para los sistemas de acción
tiene la racionalización ética. El problema para Habermas era evitar
que el progreso de la racionalización teleológica (perspectiva de
la sociedad como sistema) absorviera la posibilidad de un progreso
en la racionalización de la interacción consistente en la discusión
sobre los fines, para resolver conflictos y hacer valer los propios
intereses de manera comunicativa (perspectiva de la sociedad como
forma de vida). a) la acción teleológicamente
racional es aquella en que el actor se orienta al logro de un objetivo,
para lo cual elige los medios y calcula las consecuencias. Se divide
a su vez en: b) acción comunicativa: apunta a la comprensión intersubjetiva a través del lenguaje. En ella los actores coordinan los planes de acción sobre la base de acuerdos y no de cálculos egocéntricos. La estructura linguística
de la racionalidad comunicativa se explicitará tanto en la pragmática
universal (Habermas) como en la pragmática trascendental (Apel). En
ambas, se pone de relieve cómo a partir de las pretensiones formales
de validez -verdad, corrección, veracidad e inteligibilidad- supuestas
pragmáticamente en los actos de habla que son inmanentes a formas
de vida concreta, pueden trascender en sus pretensiones a esas formas
de vida, o sea universalizarse. Tales pretensiones configuran el mínimo
de racionalidad para exigir un mínimo de normatividad universal
(Cortina, 1990, p. 164-165). IX. Ética y estrategia. Por su parte, Apel -el otro principal referente junto con Habermas de la ética comunicativa- a partir de la teoría comunicativa de la acción y su racionalidad propuesta por Habermas introduce algunos elementos que para nuestro objetivo son de suma importancia. En primer lugar, Apel reconoce la vigencia hasta hoy de la racionalidad teleológica técnico- instrumental como standard de racionalidad de la acción social. Esta racionalidad incluye a) la teoría matemática de la elección racional, b) de la decisión racional y c) de la teoría estratégica de los juegos. Es particularmente esta última teoría la que aclara la estructura de la racionalidad de la interacción como una racionalidad estratégica: "reciprocidad reflexionada de la instrumentalización" (los actores aplican un pensamiento instrumental a objetos que se sabe hacen lo mismo con esos actores) (Apel, 1986). Ahora bien, frente al monopolio
de la racionalidad estratégica en al ámbito de la acción social -que
pone en tela de juicio la posibilidad de una ética como la de Kant-
el argumento de Apel es mostrar (de acuerdo con Habermas) que esta
racionalidad no explica la función de la comunicación linguística
y de la interacción comunicativa. Por la vía, nuevamente, del presupuesto
del telos del discurso como formación de consenso, surge la distinción
-de carácter a priori- entre dos tipos de racionalidad de la interacción
humana: ? la racionalidad formadora de consenso, orientada transubjetivamente, de la comunicación lingüística a través de actos ilocucionarios. ? la racionalidad teleológica, orientada subjetivamente, de la interacción estratégica a través de actos perlocucionarios. Esta distinción, aclara Apel, sólo puede hacerse desde la racionalidad consensual comunicativa y no desde la racionalidad estratégica. Sólo desde la racionalidad comunicativa puede pensarse una racionalidad ética, es decir "una razón práctica legisladora en el sentido de Kant" (Apel, 1991). Pero, si bien la defensa de
una racionalidad éticamente relevante, frente al monopolio de la racionalidad
estratégica, es una toma de distancia de Weber, Apel reconoce que
en parte tiene Weber razón, con lo cual se abre la posibilidad de
conciliar desde la razón ética la racionalidad comunicativa
La necesidad de conciliar o complementar la racionalidad discursiva con la racionalidad estratégica responde a la exigencia de la ética discursiva de incluir una ética de la responsabilidad, ante el hecho indiscutible de que los discursos prácticos son insuficientes para solucionar todos los conflictos emergentes de la interacción social. Esto obliga a plantear un programa de "estrategia ética" a largo plazo, en donde la racionalidad estratégica opere bajo la guía de un télos ético en la solución de los obstáculos que dificultan la comunicación y la aplicación de normas consensuales. La propuesta de Apel sobre la necesidad de un programa de "ética estratégica" parece conducir otra vez al reconocimiento del valor estratégico que la tradición ha asignado siempre al saber práctico de la phrónesis, es decir, como esa capacidad de determinar intelectualmente el mejor equilibrio entre la eficacia de los medios y la calidad moral de los fines.
|
||