
| ..::: | La Crítica Total a la Razón (*) | |
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(*) Diálogo con Matthías Kettner - Entrevista realizada por Sergio Cecchetto. Matthias Kettner (1955) es, a pesar de su juventud, uno de los pensadores más interesantes de la Alemania actual. A su excelente formación filosófica suma su título en psicología otorgado por la universidad de Frankfurt. Bajo la dirección de sus maestros Jürgen Habermas y Karl-Otto Apel realizó su tesis de doctorado sobre el pensamiento de Hegel, pero pronto abandonó esos intereses para abocarse de lleno al estudio de la ética teórica y, en especial, a explorar la posible reformulación de la ética discursiva para hacer factible su aplicación a campos diversos del saber. Mientras da los retoques finales a su tesis de habilitación Responsabilidad discursiva. Modelos críticos de la ética aplicada, continúa con sus investigaciones en el Centro de Estudios Avanzados de Westfalia Norte y ejerciendo la docencia en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Frankfurt. En su segunda visita a la Argentina, Kettner dictó seminarios en las Universidades Nacionales de Mar del Plata y de Río Cuarto. Aproveché esa oportunidad para conversar con él sobre la racionalidad, tema de relevancia inigualable en los ámbitos científico y filosófico. SC: ¿Por qué crees que reaparece, promediando el siglo XX, la razón convertida en problema? MK: La razón -o el logos, o la racionalidad- nunca ha desaparecido totalmente como problema para la filosofía. Pero, en cierto modo, este tema permanente aparece en nuestra época -y en esto acuerdo contigo- trayendo una novedad: cierta desconfianza en la razón como eco de experiencias históricas desafortunadas. Los intelectuales progresistas esperaron que, finalizada la Primera Guerra Mundial, la razón sirviera como instrumento para alcanzar mejores condiciones de vida y progreso generalizado. Pero a esa guerra le siguió otra más cruenta y la bomba atómica y la guerra fría. Estos acontecimientos bloquearon toda esperanza y surgió en su lugar una sospecha cada vez más aguda contra la razón y contra el proyecto iluminista. SC: Se trata entonces de un filosofema que resurge, asociado con la crisis en que han entrado los valores esgrimidos por el movimiento de la Ilustración europea. MK: Ciertamente; pero hablar de la crisis del proyecto Iluminista es ya un diagnóstico. No se trata simplemente de una crisis de la Ilustración sino de una serie de crisis que, asociadas, son atribuidas a la debilidad de la razón. Una de las tareas importantes del filósofo es hoy esclarecer aquello que se le critica a la razón, para poder así explicar de manera solvente el por qué de esas crisis que efectivamente se han producido. SC: Coincidimos en que hoy se le presta gran atención a la razón, aunque una porción importante de esos desarrollos temáticos se realizan por vía negativa: se alerta sobre su uso y se denuncian las consecuencias indeseadas que de ella derivan. Estos planteos son sostenidos por diversos críticos, a los que por comodidad llamaré radicales. Permíteme entonces englobar con algo de libertad bajo este rótulo a pensadores como Rorty, Goodman y Foucault , Levinas, Glucksman y Vattimo, Derrida, Lyotard, Deleuze y tal vez Heidegger, por no mencionar a Horkheimer y Adorno que han sido los precursores. ¿Cuál es, a tu juicio, el planteo que ellos realizan y por qué razón habría que desechar sus reparos? MK: Según entiendo existen dos motivos principales que alimentan la crítica total o radical a la razón. El primero subraya la alianza que la razón establece con el poder. El segundo, en cambio, destaca como algo indeseable la tendencia al universalismo que la razón pretende. Desde este último punto de vista todo universalismo, no importa ya bajo que forma se presente, implica uniformidad, homogeneización, nivelación, coerción, represión. A mi parecer los proyectos filosóficos más interesantes a lo largo de la historia del pensamiento han sido universalistas, en un sentido del término que merecería ser esclarecido y que no intentaré fundar ahora. Sencillamente aceptar estas críticas, sin más, me obligaría a renunciar a aquello que juzgo más positivo en la filosofía. SC: No vayamos tan rápido, ¿qué dice una crítica que se define como radical? MK: ¡Aquí hay un problema serio! Estamos hablando de críticas radicales o totales a la razón sin saber qué significa esto ni cuál es su verdadero alcance. Hay críticos que se definen como radicales y no dicen más que tonterías y otros que van más allá de lo que estaría dispuesto a conceder cualquier teórico de la fundamentación. Es posible pensar que un crítico radical tiene que servirse de juegos de lenguaje que, desde un punto de vista muy bien fundado, aparecen distorsionados. Esto hace que no resulte apropiado rechazar esos nuevos juegos de lenguaje apoyándose en argumentos fuertes y a la vez demasiado formales, tal como hace Apel al recurrir a la contradicción performativa. SC: Pretendes decir que cualquier crítica total o radical de la razón queda a priori descartada, porque al argumentar con sentido y pretensión de validez se recurre en todo momento a razones. MK: Sí, ciertamente. El concepto elaborado por Apel es interesante y nos dice algo respecto de las exigencias discursivas mínimas y de la consistencia racional que es indispensable para llevar adelante pretensiones de validez. Pero, sin embargo, resulta demasiado facilista rechazar nuevos juegos de lenguaje echando mano a esa noción. Sobre este punto discrepo con Apel. SC: Las posturas críticas que he destacado anteriormente buscan poner a la luz algo que la razón no es, y persiguen antes que nada resguardar esa zona que con algo de poesía podrían llamar "lo otro de la razón". MK: Jamás
diría que debemos rechazar "lo otro de la razón" puesto que se trata
de un símbolo, de una metáfora. Un análisis de "lo otro de la razón"
puede aparecer bajo muchas formas y es, además, absolutamente necesario
en la medida en que permite averiguar cuál es la exclusividad de la
razón, su especificidad. SC: ¿Resulta posible responder a "la crítica total a la razón" desde un ángulo diferente? MK: Mi estrategia es llevar a todos los planteos radicales a un mismo terreno y preguntar qué significa en cada uno de ellos validez intersubjetiva de formas racionales. Toda la fuerza de los críticos radicales tendrá que desplegarse ante esta fabulosa pregunta, pues el núcleo de todo concepto de racionalidad sostenible es que la racionalidad denomina una instancia colectiva para probar, corregir, mantener o modificar pretensiones de validez. SC: ¿Dónde quedan los intentos por fundamentar filosóficamente el saber teórico y práctico? MK: Todo fundamentalismo en sentido tradicional está muerto. Pero esto no quiere decir que sea imposible pensar en una fundamentación o en una autofundamentación de una teoría de la racionalidad que sea a la vez posmetafísica. Aparecen aquí dos distinciones diversas: una entre metafísica y posmetafísica; y otra sobre fundamentación y no fundamentación. Estos opuestos no siempre van juntos, y ello permite concebir un tipo de fundamentación que sea a la vez posmetafísica. Hilary Putnam con su teoría sobre el realismo interno ha explicado dentro del marco pragmatista cómo debe ser una filosofía posmetafísica. Si conseguimos combinar esta orientación con el pensamiento reflexivo cultivado por pensadores como Habermas o Apel, obtendremos una hibridización más que interesante. SC: Creo adivinar que avalas un programa de autodiferenciación de la razón según tipos de logos, para así evitar las consecuencias que acarrearía la totalización de la crítica a la razón. MK: El principal problema que enfrenta la crítica total de la razón es, inicialmente, precisar qué es la totalidad de la razón. Con frecuencia vemos que se llevan a cabo críticas que se pretenden totales y luego, resultan ser apenas críticas al ejercicio de un aspecto unilateral de la razón. Para llevar adelante una crítica radical se impone entonces realizar las diferenciaciones necesarias dentro de lo que entendemos por racionalidad. La historia de la filosofía está llena de este tipo de diferenciaciones, desde los griegos hasta el idealismo alemán. Por eso no es posible borrar esas diferenciaciones criticando a la razón como totalidad. Una teoría de la diferenciación, de los distintos tipos, aspectos, momentos, elementos o componentes de la razón (el nombre depende de la teoría que se esgrima), es un paso necesario para emprender una crítica que se quiere total. SC: Sostienes entonces una teoría de la racionalidad que se puede tematizar a partir de diferentes tipos, aunque estos tipos provienen de una misma raíz o matriz. MK: Establecer
diferenciaciones dentro de una matriz de logos es una idea que heredé
de Apel, y que permite llevar adelante una teoría de la racionalidad.
Esa matriz no debe entenderse como un logos primigenio al cual el paso
del tiempo le permite diferenciarse, separarse, especificarse en distintos
sentidos: como logos poético, logos filosófico, logos hermenéutico,
logos científico-técnico, etc. Cuando hablo de tipos no pretendo aludir
a distintas cosas que pueden existir con independencia unas de otras.
Se trata más bien de una textura, de un conjunto de momentos, de una
determinación dentro de un conjunto de determinaciones. Una teoría de
la razón diferenciada en tipos tiene relaciones con el pensamiento dialéctico
más que con un pensamiento ingenieril que trata con herramientas y prototipos.
Según propugnó Apel hay una sola razón única común a todas las diferenciaciones
o momentos de la razón: esta raíz es la práctica discursiva de la argumentación
misma. SC: Avalas la idea del agotamiento de ciertos paradigmas de racionalidad en contraposición a la tesis que preconiza el fracaso, la decadencia o el fin del logos occidental. En consecuencia entiendes a las ideas regulativas de la razón como ideales a los que no se renuncia, más que como espejismos a los que se debe combatir dentro del discurso filosófico. MK: Sí,
es verdad. Debo señalar que aún así acuerdo con algunos pensadores posmodernos
cuando denuncian la caída de los grandes relatos (o recursos de normatividad
políticos, religiosos, etc), al menos en sociedades como las nuestras.
Lo que nos queda es un juego de lenguaje prescriptivo muy débil pero
sin embargo de alcance universal: éste es el juego de lenguaje de la
racionalidad. SC: Esta prescriptividad negativa débil tiene, según dices, mayor peso que la positividad. La razón indica lo que no se debe hacer, y no lo que sí debería llevarse a cabo, el camino que se debe tomar en cada situación concreta, la opción certera y correcta. ¿Puedes explayarte sobre esto? MK: Efectivamente
de esto se trata. ¿Por qué? Pues porque en situaciones concretas siempre
aparecen varios caminos a elegir que, en un primer análisis, aparecen
como dignos de ser recorridos o igualmente válidos. Esta es una de las
grandes lecciones del contextualismo relativista: todas las normatividades
son fragmentarias. Esto no significa que no puedan ser reducidas unas
a otras, sino que jamás disponemos del rompecabezas completo. De ahí
que sea normal que haya opciones que valgan lo mismo y que sea racionales
por igual. Es una ilusión pensar que la racionalidad sea una instancia
que apunte a la única cosa que se debe hacer; se comete una asociación
ilícita al identificar racionalidad con unidireccionalidad. |
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