I. Margen de Irracionalidad en el Cuerpo
del Mundo platónico
"Que este edificio del mundo está
sujeto a la Suprema causa ...
Que permanece sin acabarse porque no se
resuelve en Dios ..."
Diógenes Laercio
El racionalismo platónico parecería
no poder albergar principio irracional alguno, sin embargo, un análisis
sobre la estructura del mundo de la fìsis puede revelar
que el cosmos, si bien sometido al ordenamiento de la Inteligencia, mantiene
vigentes fuerzas irracionales provenientes de su caótico estado
anterior. El origen del Cuerpo del Mundo es presentado –en marcado paralelismo
con el microcosmos humano, donde tienen también cabida principios
irracionales que deberán ser convencidos por los racionales– en
el diálogo conocido bajo la denominación de Timeo
o sobre la naturaleza, como el trabajo de un principio superior
que ordena mediante el uso de la persuasión a unos caóticos
elementos primigenios, sin lograr despojarlos totalmente de un margen
de irracionalidad, lo cual explica los cambios permanentes del mundo sensible.
Interesa, para el tratamiento del tema, la explicación sobre el
génesis del Cuerpo del Mundo que suministra Platón en el
Timeo; interesa, además, tratar dentro de qué orden
se encuentra esta explicación, cómo se la fundamenta y cuáles
son sus consecuencias.
El Timeo se ubica, según
la opinión mayoritaria de los estudiosos –Cornford, Ross
y Cherniss– dentro de las obras platónicas tardías,
escrito al regreso de su tercer viaje a Sicilia (aprox. 361/360 a.C.).
Cronológicamente, entonces, se lo considera posterior al Sofista
y Político y anterior al Crítias, Filebo,
la Carta VII y las Leyes. Con respecto a la relación
del Timeo con el resto de la obra platónica, se puede señalar,
siguiendo a Luc Brisson, que el Timeo, junto al Critias
y al Hermócrates –no escrito– es parte de una trilogía,
cuyo objeto era el análisis del origen del universo, del hombre
y de la sociedad. La organización del cosmos conecta, proporcionada
y armoniosamente, con la organización política ideal y así
como el filósofo se ocupa de planificar lo mejor para la ciudad
educando a cada uno de sus miembros, una causalidad superior ha puesto
el mayor orden posible dentro del mundo físico.
El problema del origen del mundo había
sido central en el desarrollo de las viejas cosmologías presocráticas.
El trayecto que va de los relatos mitológicos hasta los físicos
jónicos no tiene una delimitación clara y puede conducir
hasta la oscuridad de aquello que escapa a toda representación
y apenas puede nombrarse como intuición, éxtasis, horror.
De la mano de Homero vienen las primeras palabras, míticas y poéticas
que cuentan, emparentadas con relatos orientales, que en el origen estaba
el principio húmedo bajo los nombres de Océano y Tetis.
Hesíodo, inspirado por las musas heliconianas, retrata un principio
a partir del Caos y Gea, donde en una sucesión de generaciones,
se avanza hasta el orden perfecto representado por Zeus.
Tales, el primero de
los físicos, empieza el alejamiento del mito, proponiendo en su
hipótesis un monismo material, según el cual todo proviene
del agua, obteniendo con esta economía de principios una visión
unitaria y relativamente simple sobre el mundo. Del segundo de los físicos,
Anaximandro, proviene el primer fragmento de la filosofía occidental
que expresa que el principio de generación de las cosas no es un
elemento estrictamente material sino algo de una naturaleza ilimitada,
el peiron,
que mediante un proceso de separación de contrarios, va conformando
un cosmos ordenado. Anaxímenes introduce como principio el aire
y las operaciones de rarefacción y condensación, aplicando
su teoría a una serie de fenómenos astronómicos.
La marcha que iniciaron Tales, Anaximandro y Anaxímenes, evidencia
un proceso de crecimiento en la elaboración de teorías gestadas
con la intención de explicar el mundo fenoménico: es el
momento del oscuro génesis de la ciencia.
Heráclito dirá, en herméticos
aforismos, que el fuego es el sustrato material del universo, en un constante
flujo que une y separa contrarios. Su huella nutre las más importantes
y elaboradas cosmologías posteriores, ya que el fuego será,
entre los elementos, el que se asocia a las divinidades estelares y también
a lo que hay de divino en el hombre, el alma. A fin de no caer en una
burda simplificación, cabe señalar que estos primeros relatos
acerca de los orígenes del mundo, en los cuales una gran belleza
poética envuelve la intencionalidad filosófica, no son simples
cosmologías materiales, sino que sus principios elementales contienen,
como lo ha señalado Jaeger, profundas connotaciones metafísicas.
Todas estas teorías están
de alguna manera presente en el relato platónico acerca del origen
del cuerpo del mundo y son, a la vez, abandonadas. Reaparecen los viejos
elementos: el agua, la tierra, el aire y el fuego, pero van a ser objeto
del trabajo de una causalidad ordenadora y van a estar dotados de una
estructura que los aleja del orden material hacia el matemático-geométrico.
Este último orden conecta con la teoría del número
y la armonía musical de los pitagóricos, según la
cual el principio de todas las cosas pasa a ser, no ya materia, sino forma.
En este punto se recuerda que el protagonista del diálogo, Timeo,
proviene de Lócride, Italia, y que si bien se aclara que se trata
de una persona de actuación pública y nada se dice acerca
de su filiación filosófica, su proveniencia misma lo coloca
dentro de la tradición pitagórica, con lo cual es posible
inferir la influencia del pitagorismo sobre la cosmología platónica.
El primero que reúne
los cuatro elementos es Empédocles, al entender que de la mezcla
y separación del aire, tierra, agua y fuego surge la multiplicidad
de los seres generados. Estos elementos constituyen la base material y
eterna del mundo, que son puestas en movimiento por dos fuerzas primitivas
que, poéticamente, se denominan Amor y Odio y que son causa de
un acontecer regular, automático y mecánico. Con Anaxágoras,
el mundo material es ordenado por un noèw
o causalidad final, que aparece, en realidad,
más enunciada que explicada. La teoría del Timeo tiene
algunos elementos que parecen provenir de la filosofía de Empédocles,
y también el concentrado esfuerzo por dotar a este mundo, hasta
donde sea posible, de una causalidad racional y ordenadora como la enunciada
por Anaxágoras.
En la explicación que propone el
Timeo, Brisson señala como puntos relevantes: primero: el
tratamiento del origen del mundo dentro de la esfera del conocimiento
científico, sin apoyatura en la percepción sensible; segundo:
se trata de un método y una investigación científica,
aún cuando los axiomas sean puestos a posteriori o las reglas de
inferencia permanezcan implícitas; tercero: por primera vez en
la historia de la filosofía, Platón hace de las matemáticas
el instrumento que le permite expresar algunas consecuencias que deriva
de los axiomas que posee .
El análisis
de la concepción de la materia sensible, que Platón centraliza
en los cuatro elementos primigenios: pçrow,
g°w,
ìdatow,
y Žerñw,
a partir de los cuales se concibe la generación del kñsmou
sÇma o cuerpo del mundo,
tiene como principales interrogantes: si es que estos elementos son poseedores
de una naturaleza racional o irracional; si la figura ordenadora del demiurgo,
resulta un dios creador o una apelación al mito; si puede considerarse
a la Necesidad como principio de irracionalidad del mundo físico.
Para la física platónica,
los elementos son copias defectuosas de un modelo perfecto, en clara concordancia
con la división y dependencia entre mundo sensible - mundo inteligible
de la teoría de las Ideas. Existe, por lo tanto, un fuego, agua,
aire y tierra "en sí", formas perfectas de los imperfectos
elementos sensibles. Estos últimos no son en sí mismos productos
de la acción del dios, sino que éste se limita, a la manera
del trabajo de un artesano sobre sus materiales, a dar conformación
ordenada a un desorden preexistente. Pero el momento de ese pasaje, que
mediatiza la figura del demiurgo, no tendría presupuesto real para
Platón, sino que se lo puede interpretar encuadrado en el orden
del mito. En su relato del origen del mundo sensible, Platón se
aleja de un simple origen material, para ubicar como principios dotas
de racionalidad y por encima de lo fenoménico: primero, a las Formas,
como causalidad ordenadora del mundo del devenir; segundo, el orden geométrico
que se revela en las proporciones con las que se unen los elementos; tercero,
el orden matemático-geométrico, presente en la naturaleza
de los elementos, constituída por una estructura triangular.
Estos triángulos elementales
no revelan una inmanencia de las Formas en el relato de Timeo, sino una
conformación que permite explicar los cambios y mutaciones de los
ciclos fuego-aire-agua-tierra. Se trata de una naturaleza imperfecta,
que en términos metafóricos encuentra apoyatura en el hecho
de que la Inteligencia, en su anhelo de perfección, no consigue
abrazar cabalmente a la Necesidad, resultando la materia campo de batalla
entre orden y desorden, racionalidad e irracionalidad, con una inestabilidad
que recuerda a la que provoca en el alma el caballo negro del desenfreno
descripto en el mito del carro alado.
Subyace en esta hipótesis
el problema determinismo - libertad, tanto de la totalidad del mundo físico,
como del microcosmos humano en tanto parte de aquél. Se entiende
que si los elementos estuvieran acabadamente ordenados, existiendo en
su estructura elemental una inmanencia de las Formas, gozarían
de una perfección semejante al modelo. Así, la estabilidad
de su orden eliminaría cualquier categoría de libertad,
siendo el mundo físico el reino de lo bueno y lo bello, idea que
Platón sólo concibe para el mundo inteligible.
lI. Las obras de la Razón
La argumentación
platónica, en una prodigiosa combinación de coherencia lógica,
poesía y mito, presenta la creación del Universo mediante
el relato de Timeo, cuyo discurso confirma la existencia y separación
de dos órdenes ontológicos diferentes: "tò
ön ei" o aquello que siempre
es y "g¡nesin
oék exon" o
aquello que siempre deviene pero nunca
es, que tienen su correlato en el plano gnoseológico, con la comprensión
del lñgow
por una parte y la dñja
proveniente de la información
sensorial por la otra.
De estos dos órdenes, concordantes
según Ross con el desarrollo alcanzado por la teoría de
las Ideas en el libro V de la República, señala Timeo
que "el de lo que deviene" es siempre algo generado, es decir
deviene por una causa. El universo pertenece al mundo del devenir, tuvo,
por lo tanto, un comienzo; este comienzo obedece a una razón y
a su vez esta razón encamina, con las dificultades que presupone
un tema tan arduo, hacia el padre del universo. ¿Cuál fue el
paradigma que el dios tuvo en su mente para la creación del mundo?
Siguiendo el relato resulta indudable que el creador contempló
el modelo de lo inmutable y permanente, con el propósito que el
mundo resultara bueno y bello; es así que el universo es un producto
de la Inteligencia. El dios lo conforma entonces a partir de la totalidad
de los cuatro elementos. En efecto, "tomó todo cuanto es visible,
que se movía sin reposo de manera caótica y desordenada,
y lo condujo del desorden al orden". Es interesante señalar
que, tanto para Ross como para Cornford, este pasaje es uno de los que
con más claridad y contundencia alejan al demiurgo platónico
de la creación ex-nihilo judeocristiana. El cosmos es por
lo tanto, el producto del orden del divino artesano, pero los elementos
sensibles no son un producto de su acción.
El orden que impone el dios al caos
es un orden que se basa en la armonía de la proporción.
El argumento parece tener influencias de la concepción de los elementos
de Empédocles y su unión a través de la amistad,
pero sobre todo, según entiende Cornford, esta teoría platónica
busca diferenciarse de las concepciones unicistas de los físicos
jónicos. En principio, se requiere del fuego para hacer visible
el mundo, luego de la tierra para darle solidez; entre los extremos de
estos elementos colocó el dios al agua y al aire, poniéndolos,
"en la medida de lo posible en la misma relación proporcional
mutua [...] después ató y compuso el universo visible y
tangible. Por esta causa y a partir de tales elementos, en número
de cuatro, se generó el cuerpo del mundo".
El universo es concebido: primero,
como un ser vivo completo, segundo, como un ser único y tercero,
como un ser que no envejece ni enferma; además le es otorgada la
figura que, en tanto ser vivo, le permita contener a todos los seres vivos,
es decir la figura que incluye todas: "lo construyó esférico,
con la misma distancia del centro a los extremos en todas partes, circular,
la más perfecta y semejante a sí misma de todas las figuras,
porque consideró muchísimo más bello lo semejante
que lo disímil". Al esférico cuerpo del mundo, el dios
"le proporcionó el movimiento propio de su cuerpo, el más
cercano al intelecto y a la inteligencia de los siete. Por tanto, lo guió
de manera uniforme alrededor del mismo punto y le imprimió un movimiento
giratorio circular." La perfección de la figura de la
esfera, así como el movimiento giratorio que afecta al universo
entero y todo lo que éste contiene, incluída la Tierra,
simbolizan, para Cornford, "que la razón penetra y gobierna
el universo entero".
III. La presencia de la Necesidad
Una compleja
y arcaica constelación de ideas está presente en el concepto
de Žn‹gkh o
Necesidad, entre las cuales resaltan la de destino -moÝra,
la de ley -nñmow-
y
la de justicia -dÛikh,
a los cuales oscuramente alude un fragmento
de Empédocles:
"hay un oráculo de la necesidad,
un antiguo decreto de lo eterno, sellado con vastos juramentos".
La Necesidad puede entenderse como ley o principio dominante tanto del
mundo físico como del destino humano, vinculándose en sus
orígenes, a la voluntad de los dioses. Las historias míticas
reflejan un mundo determinado por una justicia cósmica representada
por distintas divinidades, responsables tanto de la causalidad observable
del mundo físico, como de la conducta de los hombres. Justamente,
el pasaje del mito al logos se ubica en un desplazamiento de la
idea de Necesidad de la esfera divina, por un lado, hacia la búsqueda
de explicaciones racionales para los fenómenos naturales y por
otro, en que la responsabilidad de cada destino es patrimonio de cada
hombre.
La tragedia de Esquilo exhibe en sus personajes
el sentido más fuerte de Necesidad como ceguera del alma, que encamina
el destino de las sucesivas generaciones de los pobres mortales según
los designios de los dioses y también señala el momento
en que el hombre toma a su cargo las consecuencias de sus acciones, depositando
en su propia conciencia y en el ejercicio de la justicia humana el poder
sancionatorio. La desmesura de Agamenón es sancionada por los dioses
a través de Clitemnestra, cuya acción vuelve a engendrar
crímenes y culpas, que serán superadas por la posibilidad
del perdón para Orestes y la constitución del Areópago
de Atenas.
Sócrates marca nítidamente
una ruptura con toda esta herencia religiosa, al concebir una ética
cuyo basamento es la autodeterminación moral de la conciencia,
una vez que se ha conocido el bien. Platón seguirá la huella
de su maestro, produciendo sobre la idea de Necesidad elaborada por sus
antecesores un giro que la convierte "simplemente en la materia en
que se realiza como naturaleza superior el bien divino, la forma de la
idea. Cuanto no se somete a ella no es más que excepción,
materialización imperfecta del ser puro y, por tanto, algo anormal".
Es éste y no otro el trabajo que presenta en el Timeo -única
visión compatible para la paideia de los libros de la República-
donde en un segundo comienzo del relato fundamenta en la presencia
de la Necesidad el margen de irracionalidad del cosmos:
"El universo
nació, efectivamente por la combinación de Necesidad e Inteligencia.
Se formó al principio por medio de la Necesidad sometida a la convicción
inteligente, ya que la Inteligencia se impuso a la Necesidad y la convenció
de ordenar la mayor parte del devenir de la mejor manera posible. Por
tanto, una exposición de cómo se originó realmente
según estos principios debe combinar también la especie
de la causa errante en tanto forma natural de causalidad".
Es evidente el esmero platónico
por dar causas fundadas que expliquen las manifiestas anomalías
o desórdenes observables en el mundo de la naturaleza. Se trata
de un límite a las obras de la Razón, cuya persuasión
alcanza no a la totalidad, sino "a la mayor parte del devenir"
y que provee lo que podría llamarse un principio de indeterminación.
La irrupción en el discurso de Timeo de la Necesidad modifica sustancialmente
todo el panorama del relato, pasándose de una ontología
dualista a una tripartita. Timeo recuerda que en el comienzo del relato
se diferenciaron dos órdenes, inteligible y sensible, siendo ahora
necesario "aclarar con palabras una especie difícil y vaga.
¿Qué características y qué naturaleza debemos suponer
que posee? Sobre todas, la siguiente: la de ser un Receptáculo
de toda la generación, como si fuera su nodriza".
Por lo tanto, con
anterioridad a la creación del mundo, existían tres órdenes
de cosas: las Formas inmutables, el desordenado mundo del devenir y el
Receptáculo -êpodox¯n-
en el que se asienta el devenir. El Receptáculo tiene el atributo
de ser tanto eterno como no inteligible. En el segundo comienzo del relato,
el accionar divino se muestra con más limitaciones que en el primero,
ya que queda claro que el dios no tiene poder para intervenir sobre ninguno
de los tres órdenes: ni sobre la naturaleza de las Formas, ni sobre
el Receptáculo en el cual pueden, imperfectamente, reflejarse aquéllas,
ni tampoco logra, a pesar de su intención, que el mundo del devenir
quede exento de la influencia de la causa errante y que el desorden del
caos primigenio no ejerza una influencia compulsiva y limitativa sobre
su obra.
Buscando explicar
lo que es producto de la Necesidad o planvm¡nhw
aÞtÛaw, Platón va
a multiplicar su presentación en varias metáforas al mencionar
Receptáculo y Nodriza tiiy®nhn-
para concluir con el análisis del Espacio -xÅraw.
Receptáculo, nodriza, madre, dan idea de un lugar en el cual puede
asentarse algo, condición que hace posible la existencia de la
materia sensible. Se trata de "una masa que, por ser cambiada y conformada
por lo que entra, parece diversa en diversas ocasiones " y que se
encuentra exenta de todas las formas dado que puede tomar todas las especies
en sí mismas. Se trata "de la primera aparición,
en toda la literatura griega, de la palabra xÅrawcon sentido de Espacio en general, distinto
del espacio ocupado por una cosa cualquiera. También es el primer
lugar platónico en el que se dice que la espacialidad o extensión
es el inseparable acompañamiento de todos los objetos de sensación".
Algunos autores encuentran en esta idea de Espacio cierto paralelismo
con la "materia prima" de Aristóteles según su
presentación en la Física , entendiendo que ambos
plantean la idea de un sustrato -tò
êpokeÛmenon- permanente de
todos los cambios reales. Sobre este punto, se puede señalar que
a primera vista Platón parece referirse al Espacio en tanto extensión
pura e indefinida, "sede para todo lo que posee un origen".
Mientras que, si bien indefinida y con capacidad para recibir todas las
determinaciones, la materia primordial aristotélica, posee la denominación
de materia -ìlh-
y no tiene como atributo primordial a la espacialidad, comprendida dentro
de la materia sensible.
En realidad, tanto Platón como
Aristóteles presentan, frente a los desarrollos de sus predecesores,
una concepción de complejidad creciente del mundo sensible. Las
teorías que nos proponen, con diferencias sustanciales entre ellas,
manifiestan una actitud de rechazo a la idea de generación del
mundo a partir de un elemento primordial. Y aunque no abandonan a los
cuatro viejos principios para la composición de la naturaleza,
van a abocarse al análisis de aquello que le criticaron no haber
realizado convenientemente a Anaxágoras: una causalidad ordenadora
del mundo físico. Esta causalidad ordenadora tiene que vérselas,
en el Timeo platónico, con ese tercer género que
presenta el segundo comienzo, "algo oscuro para nuestra comprensión",
apenas captable por el razonamiento bastardo, que no es en rigor ni Idea
ni copia de la Idea. Expresaría, como afirma Ross, "que en
algunos asuntos la razón es derrotada. Esta es la manera que tiene
Platón de explicar el mal y desorden que hay en el mundo".
III. La naturaleza de los cuatro elementos
Establecidos los tres órdenes,
el relato se dirige hacia aquello que llamamos fuego, agua, aire y tierra.
Timeo resalta el carácter cambiante que poseen, dándose
nacimiento en forma permanente de unos a otros. Esto ofrece la dificultad
de poder afirmar con seguridad que uno cualquiera de ellos es "este"
y no otro. Por lo tanto, es mejor denominar a todo lo generado, dada su
inestabilidad, como "lo que posee tal cualidad" o "tal
característica".
Platón recurre en este punto
a la imagen de figuras realizadas en oro que alguien modela de forma cambiante
sin cesar, por lo cual si se preguntara acerca de qué son, la respuesta
correcta sería "decir que es oro", dado que las figuras
se van transformando al momento mismo de su definición. Se revela
aquí la diferencia y asimismo la íntima unión, entre
el Receptáculo y el mundo del devenir. En el orden ontológico,
difieren en que el Receptáculo posee una naturaleza siempre idéntica
a si misma, que nunca cambia sus propiedades mientras que lo generado
es algo siempre cambiante. Respecto a la unión de ambos géneros,
el texto expresa que "en la medida en que sea posible alcanzar a
comprender su naturaleza a partir de lo expuesto, uno podría expresarse
de la siguiente manera: la parte de él que se está quemando
se manifiesta siempre como fuego, la mojada, como agua; como tierra y
aire, en tanto admite imitaciones de éstos."
Surge entonces
el interrogante acerca de si lo que reviste determinadas cualidades sensibles
en un momento, posee además un "algo en sí" -aétñ-
si solamente tiene realidad aquello que percibimos por los sentidos. En
base a un argumento gnoseológico, Platón postula la existencia
de modelos ideales para los elementos; dicho argumento considera que si
se dan por válidos, la inteligencia y la opinión verdadera,
habrá que considerar que existen también, las cosas en sí,
objeto del conocimiento racional y las cosas accesibles a través
de lo sensorial, objeto de la persuasión convincente, cuyo atributo
es la irracionalidad.
Poco después,
tras recordar que el dios dio "forma y número" a los
cuatro elementos, que si bien tenían algunas huellas se encontraban
en un estado anterior a cuando el dios está presente, el discurso
de Timeo se propone tratar de explicar "el orden y el origen de cada
uno de los elementos". Establece entonces que tanto fuego como
agua, aire y tierra son cuerpos, los cuatro cuerpos más perfectos
y bellos, dotados, como todo cuerpo, de profundidad. A su vez, toda profundidad
está rodeada por una superficie plana, que entiende Platón
compuesta por triángulos que, al irse reordenando, provocan la
trasmutación de los elementos de unos a otros. Estos triángulos,
van a componer, en sus diferentes tamaños, la figura cúbica
que Platón le asigna a la tierra y la piramidal al resto de los
elementos. El intercambio y la mezcla entre ellos es infinita, pero cabe
ahora explicar "de qué manera y con qué se producen
el movimiento -kÛnhsiw-
y el reposo -st‹siw".
El movimiento tiene por causa la "la
desigualdad de la naturaleza desequilibrada". El diálogo indica
que ya se ha hecho referencia al origen de esa naturaleza desequilibrada.
En este punto, remitiéndonos al comentario de Cornford, cabe interpretar
como la causa de la anomalía o desequilibrio a las figuras que
los cuerpos han recibido. Estas figuras son diferentes de dos maneras:
en sus medidas y en sus grados. Pero también se considera que la
anomalía puede referirse a los desequilibrios del caos original.
De modo que es posible considerar dos fuerzas desequilibrantes que operan
como principio del movimiento en los cuatro elementos. Por un lado, la
falta de proporción que sobrevive a la acción del dios,
que no alcanza persuadir a toda la Necesidad; por otro, a los diferentes
tamaños de los triángulos elementales.
Este desequilibrio que Platón
asocia con el movimiento permanente de los cuatro cuerpos primarios, sufre
un efecto ordenador por parte de la Razón, ya que cuando ésta
configura el universo establece en él la perfección de la
esfera y el movimiento circular. Es la naturaleza de este movimiento circular
la que explica la tendencia a la unión de los elementos, que son
así atraídos siempre sobre sí mismos sin dar lugar
al vacío.
IV. Conclusiones
La naturaleza de los elementos revela,
tal como fuera expuesto en las páginas anteriores, que la estructura
íntima de aquéllos no la compone nada del orden material,
sino un principio que para Platón es superior a lo sensible, como
lo es el matemático-geométrico. El trabajo de ordenación
de los elementos, constituído por su triangularidad elemental,
fue provisto gracias a la acción del dios, al dar "forma y
número" al fuego, agua, aire y tierra.
Pero la estructura
matemático-geométrica, verdadera naturaleza de los elementos
no debe engañarnos con respecto a la relación entre lo sensible
y las Formas. Ciertamente, esta estructura tiene una jerarquía
superior al orden material, pero no hay en ella participación o
inmanencia alguna de las Formas. Platón no se expresa, a lo largo
de la obra que nos ocupa, más que postulando una profunda separación
entre universales y particulares. Ross lo remarca, al analizar las palabras
que, en mayor número, se utilizan en relación a las Ideas
en el Timeo, par‹deigma
y
mÛmhsiw, que implican no inmanencia,
sino por el contrario trascendencia de las Formas, considerando que "por
lo que se refiere a la fase del pensamiento platónico que representa
el Timeo, tenía razón Aristóteles al atribuirle
una completa separación entre las Ideas y las cosas sensibles".
Frente a un inengendrado y caótico
mundo sensible primigenio, habría un pasaje al orden que refleja
la intención del dios de "lo mejor", pero se recuerda,
una vez más, que la ordenación no resulta completa, y por
lo tanto el mundo del devenir, en tanto copia imperfecta de un "en
sí" perfecto, mantiene un margen de irracionalidad o desorden
que suministra una explicación a las inestabilidades del observable
mundo fenómenico. Mediante un prodigio salto en el tiempo, se acerca
esta concepción platónica al principio de indeterminación
de la física cuántica, según el cual la naturaleza
se reserva un principio de rebeldía y no conforma un sistema acabado,
ya que las partículas elementales conservan un cierto margen de
imprevisibilidad en su comportamiento.
En la figura que mediatiza el orden
sobre el caos primigenio, se entiende que no es posible ver en ella nada
que suponga un Dios con mayúscula, creador y omnipotente, cercano
a la divinidad monoteísta del judeocristianismo. Cornford considera
al demiurgo, no sólo limitado, sino perteneciendo a la categoría
del mito, resultándole a Platón apto para solucionar, o
esmerarse en solucionar, ese problema tan debatido y no resuelto de su
filosofía, la participación entre mundo sensible e inteligible.
Es conocido el lugar central del Timeo
dentro de las obras platónicas durante toda la Edad Media, "sin
embargo –y aunque se haya podido decir que contenía una enciclopedia
completa de la ciencia platónica—, el discurso no aspira en realidad
al rigor demostrativo", sino que "el mito tiende aquí
hacia el modelo teórico hipotético". Platón
descubre una cosmología que es una representación coherente
y rigurosa del universo físico, que se funda sobre un conjunto
limitado de presupuestos axiomáticos, donde las propiedades del
cosmos aparecen como las consecuencias deducidas lógicamente.
Para Platón, según Brisson,
la cosmología debe resolver el problema decisivo que reposa sobre
una convicción universalmente difundida en la antigua Grecia: que
no hay verdadera realidad sobre los cambios incesantes, sobre todo lo
que está en el tiempo. Por lo tanto, el mundo sensible resulta
incognoscible, ya que el conocimiento exige cierta permanencia. ¿Bajo
qué condiciones el mundo sensible puede devenir cognoscible? Esta
es la cuestión a la que responde Platón en el Timeo .
Sobre el mundo sensible, la permanencia se manifiesta en causalidad, estabilidad
y simetría. Causalidad, dado que todo efecto depende de una causa;
estabilidad, si la misma causa produce siempre los mismos efectos; simetría
si se repite la causalidad. Estos atributos del mundo sensible, que lo
diferencian del caos, se expresan en términos de relación
matemática. Es un orden inacabado, representado por la analogía
de la copia con el original, que en la esfera gnoseológica trae
como consecuencia que los discursos sobre las cosas sensibles mantienen
una veracidad similar a la existente entre las Formas y la copia, es decir,
no son verdaderos, son verosímiles.
Este modelo teórico hipotético
suministra al filósofo, frente a los planteos del materialismo,
del mecanicismo y también sobre el escepticismo introducido por
sus contemporáneos, los sofistas, el fundamento para dotar al mundo
todo, cuerpo y alma, de una causalidad eficiente, proveerlo de un propósito
inteligente y no entenderlo como producto del simple azar. Por encima
de las limitaciones que impone la Necesidad, el mundo sensible tiene su
orden, su coherencia, su propósito inteligente. Para dar una imagen
que se acerque a este propósito inteligente, habla Platón
del divino artesano.
Si, omitiendo por
un momento la figura del dios, se retoma el texto cuando expresa que:
"El universo nació, efectivamente, por la combinación
de necesidad e inteligencia. Se formó al principio por medio de
la necesidad sometida a la convicción inteligente, ya que la inteligencia
se impuso a la necesidad y la convenció de ordenar la mayor parte
del devenir de la mejor manera posible". El mundo resulta producto
de dos fuerzas, ambas eternas e inengendradas, una de las cuales, la perfecta,
posee el atributo de "persuadir" a la otra. Morrow resalta la
importancia del uso del verbo peÛyv,
proveniente de la retórica, cuyo uso metafórico tiende a
contrastar persuasión con compulsión. "Un artesano
competente sabe que no puede forzar la materia contra la naturaleza".
No habría entonces conflicto entre Necesidad e Inteligencia, sino
que esta "persuasión" implica que el orden no es provisto
externamente, producto de una fuerza vencedora sobre otra, sino que, en
un proceso más lento, el Cuerpo del Mundo se conforma mediante
secuencias de actos de ordenamiento que parten de los cuatro elementos
primarios sometidos a operaciones matemático-geométricas.
Cabe aquí preguntar si hubiera
podido armonizar con el pensamiento platónico, la presentación
del mundo de la físis, bajo un determinismo total, ya sea
mecánico o finalista. ¿Cuál hubiera sido entonces el rol
del hombre, en tanto parte de un todo cuyo comportamiento resultara totalmente
deducible? Sabemos el lugar que le dio Platón a la psicagogía
o educación del alma, que se revela esencialmente en los libros
de la República, pero que es uno de los ejes que recorre
toda su obra. ¿Qué sentido tendría proponer una educación,
centrada en un progresivo ascenso hacia lo verdadero, lo bueno y lo bello,
en un mundo totalmente perfecto o totalmente determinado por la necesariedad
mecánica? Y aún podríamos agregar si cabría
hablar de sentido y de conocimiento del mundo, en base a la propuesta
relativista de los sofistas.
Para Platón, tanto la educación
del hombre como la persuasión de los elementos, pueden partir de
fuerzas vitales no totalmente ordenadas, tal el eros del Banquete
o el desequilibrio de la naturaleza en el Timeo, pero es posible
el pasaje del desorden al orden. La figura mitológica del dios
tiende un puente del caos al cosmos en la esfera del mundo sensible, donde
los valores éticos se encuentran ya representados en la "intención
de lo mejor" que alentaba el demiurgo. A partir de ese cosmos se
puede también postular el orden del cosmos humano, orden que nos
presenta, después de una larga ascensión, como prototipos
de valores éticos y gnoseológicos, en el orden individual,
a la figura del filósofo, y en el político, una ciudad renovada
en sus virtudes.
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